Fue dada no para salvarnos, sino para mostrarnos cuán grande es la gracia de Dios en Cristo.
Edward Andrés Díaz Reina
En muchas épocas, el pueblo de Dios ha confundido el verdadero propósito de la ley. Algunos la vieron como una carga o un camino hacia la salvación, pero en realidad, fue un reflejo de la santidad de Dios y un espejo que nos muestra cuán necesitados estamos de Su gracia.
¿Para qué sirve la ley?
“Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa; y fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador” (Gálatas 3:19).
La ley de Dios fue dada al pueblo judío en el monte Sinaí por medio de ángeles, a través de un mediador: Moisés.
Su propósito fue revelar el pecado del pueblo (Romanos 5:20). Si Dios no hubiera entregado Su ley ni declarado abiertamente qué cosas eran pecado, ni los judíos ni nosotros tendríamos claridad sobre cuán pecadores somos y cuán necesitados estamos de la gracia de Dios en Cristo.
Por eso, el apóstol Pablo dice en Romanos: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20).
Porque cuando la ley expone el pecado, podemos ver cuán grande es nuestra maldad y cuán inmenso es el amor del Padre, manifestado en la salvación que Jesús ofrece.
En este sentido, la ley fue una maestra que nos enseñó lo pecadores y despreciables que somos ante los ojos de Dios, y lo profundamente que necesitamos a Cristo y Su obra redentora para poder estar delante de Su presencia por la eternidad.
Pero ni los gálatas ni los judíos de aquel tiempo comprendieron esto. Para ellos, la ley era una imposición necesaria para obtener la salvación y la herencia prometida en los cielos. Sin embargo, Pablo deja claro en su carta que la salvación y las promesas se obtienen solo por la fe en Cristo.
Por eso, la pregunta que rondaba la mente de los gálatas era: “¿Para qué sirve la ley?” (Gálatas 3:19). Y el apóstol responde: “Fue añadida a causa de las transgresiones”, es decir, fue dada para poner en evidencia el pecado.
Por tanto, mi estimado lector, todo aquel que pretenda salvarse cumpliendo leyes o normas trabaja en vano, porque solo el Hijo salva.
Así que arrepiéntete de tu maldad y confía únicamente en la obra de Jesús.
Edward Andrés Díaz Reina
Comunicador Social y periodista
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