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La fe a toda prueba.

“La fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios”

Por. José Álvaro Cardozo Salas.

Empieza un nuevo año y varias noticias de iglesia. La primera que el papa León XIV ha decretado un año de la fe, además de un año jubilar en honor a San Francisco de Asís. Las dos noticias son maravillosas y enriquecen este caminar de apostolado eucarístico al cual estamos dedicados, una vida de fe  en la oración y en la misión propia de la iglesia. Cabe recordar que ya otro pontífices habían declarado en su momento el mismo tema de reflexión, San Pablo VI en 1967 al 68 conmemorando el XIX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo, y Benedicto XVI en 2012 al 13 en el aniversario de los 50 años del concilio Vaticano II  y el 20 aniversario del catecismo de la iglesia católica. Y es que esto de la fe es algo tan bello, pero a la vez tan inexplicable, tanto que los mismos apóstoles le pedían al señor Jesús, no solo les enseñara a orar, sino que aumentara más su fe, y eso sí que nos falta a todos, son varios los episodios en que Jesús se refiere al tema de la fe, en su parábolas de la semilla de Mostaza (Mt 17, 20) comparando el tamaño de la semilla con el tamaño de la fe, también cuando Pedro le ve caminar sobre las aguas, y él quiere hacer lo mismo, al ser invitado por Jesús empieza a caminar y luego a hundirse, el reclamo no se deja esperar (Mateo 14, 28) el señor llamará a Pedro “Hombre de poca fe, ¿porque dudaste?”, y es que eso nos pasa a todos, nuestra fe es tan pobre, tan escasa, tan poco creíble, que el señor se vale de todo, como cuando admira al centurión que le pide curar a su criado y al levantarse para ir hasta su casa, el mismo centurión le dice que basta que lo diga y ya quedara sanado, expresara el señor “Les digo que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande” (Lucas 7, 1 -10).

La fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios, tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos muestra su misma intimidad y nos invita a participar de su vida divina, la fe nos es solo la adhesión a un conjunto de dogmas que están completas en sí mismas, que apagaría la sed de Dios por las almas, al contrario proyecta al hombre en ese caminar diario a su verdadera vocación de servicio y entrega por los más necesitados hacia un Dios siempre misericordioso y tierno con nosotros.

Ciertamente Dios está siempre cerca de nosotros, no son necesarias grandes expediciones para llegar a él, Dios está cerca con la fe, está en nuestros corazones, que es su sitio predilecto, en ese orden de ideas la fe es un don que Dios da a quien quiere, el primer paso es aceptar que solos no podemos, que es solo por sui gracia que alcanzamos este “regalo” majestuoso, para que esto se logre debemos abrir en conciencia la puerta que cada uno de nosotros tiene en libertad, en amor y caridad. La fe no es un concepto, una teoría que tenemos los que creemos en algo, o en alguien, creer significa entrar en una relación personal con Jesús, y vivir la amistad con él, en comunión con los demás, tenemos que poner nuestra confianza en Cristo toda la vida, nuestros proyectos, hasta las cosas más simples, y  ayudar a otros amigos a alcanzar esta gracia de su amor incondicional. La fe no significa aceptar algunas verdades abstractas sobre los misterios de Dios, del hombre, de la vida, incluso de la muerte, de las realidades futuras que tanto nos inquietan.

Es necesario entender que este “don” requiere un acompañamiento casi que obligatorio y es del Espíritu Santo que al final persiguen dos objetivos; conversión y seguimiento, y en esto tenemos que trabajar para lograr estos objetivos, que son del día a día, y que si no cambiamos no podremos ver el accionar de Dios en nuestras vidas.

El año de la fe es una invitación a una autentica y renovada conversión al señor, único salvador del género humano, Dios en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado la plenitud del amor que salva, y llama a los hombres a la conversión de vida, mediante la remisión de los pecados. (Hec 5, 31).

Muchas de las pruebas duras que vivimos y que todos al configurarnos con la cruz de Cristo estamos obligados a pasar por ella, son de tal poder que ponen en el fuego del crisol nuestra cercanía con el mismo Jesús, la enfermedad, la quiebra, la muerte nos pone a prueba esa fe tan debilucha que tenemos, por eso decía San Pablo, que nada nos aleje del amor de Cristo, ni la tribulación, o angustia, o persecución, o el hambre, o la desnudez, o peligro, o espada (Rom 8, 35) Hoy el mismo Jesús nos cuestiona; Nosotros que decimos querer estar con él, que decimos que le amamos, que queremos que él sea el señor de nuestra vida, nuestro amigo, ¿pero por cuánto tiempo?, ¿solo cuando nos va bien, o también en los malos tiempos? ¿Durante el tiempo que prosperen nuestros planes? ¿Para el principio de la vida? ¿Para la mitad de la vida? ¿Estaremos con él cuando nos venga la des dicha? ¿O cuando nos ponga frente al mal y las heridas del mundo? ¿También permaneceremos con él? ¿Y cuando estemos en su servicio y el trabajo se haga pesado, ingrato, y acabe dejándonos medio muertos, también perseveraremos junto a él? ¿Tenemos la firme decisión de ir con Jesús hasta el final? Pensémoslo bien en cada uno de nuestros corazones. Al final en nuestro corazón encontraremos la respuesta. Así que si estás pasando por el crisol de la prueba saca la fe que Dios te ha dado, pronto saldrás de esta noche oscura, para ver la luz que salva, animo no tengas miedo.

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