Esta afirmación conduce a una pregunta fundamental
Edward Andrés Díaz Reina
El apóstol Pablo, en su carta a los Gálatas, aborda un conflicto real dentro de una comunidad cristiana: la insistencia en volver a someter la vida de fe a un sistema de obras. Para tratar este problema, introduce la expresión “los rudimentos del mundo”, una categoría clave con la que explica el lugar que ese sistema ocupa dentro del plan de Dios y por qué, a la luz del evangelio, regresar a él supone un serio error.
En Gálatas 4:3, el apóstol escribe: “Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo”. Con estas palabras, Pablo explica el argumento que viene desarrollando en los versículos anteriores.
Él compara la situación del pueblo de Dios con la de un heredero que, aunque legítimo, mientras es niño permanece bajo la autoridad de ayos o tutores hasta el tiempo señalado por el padre. De la misma manera, afirma, nosotros estuvimos sometidos a los rudimentos del mundo.
Esta afirmación conduce a una pregunta fundamental: ¿qué son los rudimentos del mundo? La respuesta breve es que se trata de la Ley de Moisés entendida como un sistema de obras.
Sin embargo, para comprender por qué Pablo usa esta expresión, es necesario atender al significado que tenía en su contexto. El término “rudimentos” se empleaba para referirse a elementos básicos, principios fundamentales o cosas elementales.
En filosofía, se usaba para describir los principios o componentes que regían el orden del mundo, tanto en lo físico como en lo moral. En el ámbito religioso, el término se aplicaba a poderes espirituales o cósmicos.
También se usaba para referirse a ritos, calendarios y observancias externas, así como a prácticas destinadas a controlar o agradar a esas fuerzas. En ese sentido, podía abarcar sistemas religiosos completos que regulaban la vida de las personas mediante normas externas.
Pablo toma este lenguaje conocido por sus lectores y lo aplica a la Ley para explicar su función dentro de la historia de la fe. Al llamarla “los rudimentos del mundo”, no está negando su origen ni su propósito inicial.
Más bien la está ubicando en su lugar: un sistema elemental, propio de una etapa de niñez. La Ley, con sus ritos y prácticas, rigió la vida del pueblo de Dios durante un tiempo determinado.
No fue dada como el fin último. Por eso el apóstol describe esa etapa como una forma de esclavitud, no física, sino espiritual y pedagógica.
Se trata de una vida gobernada por tutelas, normas y observancias externas, semejante a la de un niño que aún no ha alcanzado la madurez. Mientras duró ese tiempo, el pueblo vivió bajo esa administración.
Todo esto ocurrió esperando el momento señalado por Dios. Pablo afirma que ese tiempo llegó a su fin con la venida de Cristo.
A partir de ese momento, los rudimentos del mundo perdieron vigencia, no porque fueran malos en sí mismos, sino porque cumplieron aquello para lo cual fueron dados. En Cristo se cumplió todo lo que esos rudimentos anticipaban.
Permanecer sometido a ellos después de su venida equivale a rechazar la plenitud a la que apuntaban. El mensaje que Pablo transmite a los gálatas sigue siendo relevante hoy.
Volver a ese sistema no es un avance espiritual, sino un retroceso. Insistir en vivir bajo lo que fue dado para una etapa anterior es desconocer lo que Dios ha hecho plenamente en Cristo.
El evangelio no llama a permanecer en la niñez. Llama a vivir en la libertad que corresponde a quienes han llegado a la madurez.
Edward Andrés Díaz Reina
Comunicador Social y periodista
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