“Por tanto, ya no eres siervo, sino hijo; y si hijo, también heredero por medio de Dios” (Gálatas 4:7).
Edward Andrés Díaz Reina
Hay verdades que transforman por completo la manera en que nos vemos a nosotros mismos y la forma en que vivimos cada día. Una de ellas es comprender nuestra identidad delante de Dios. No se trata solo de un cambio religioso o moral, sino de una nueva condición: pasar de esclavos a hijos, de culpables a herederos. Esta afirmación no es una metáfora emotiva, sino una declaración profunda que redefine nuestra relación con el Padre.
“Por tanto, ya no eres siervo, sino hijo; y si hijo, también heredero por medio de Dios” (Gálatas 4:7).
En Cristo Jesús, los creyentes ya no somos esclavos de la ley ni de nuestras pasiones. Somos hijos libres de Dios y, como tales, herederos de Dios y coherederos junto con Cristo (Romanos 8:17).
Al ser herederos, somos poseedores, junto con Cristo, de las bendiciones prometidas a lo largo de las Escrituras, que podemos resumir en:
- Ser redimidos de la culpa y del castigo por nuestro pecado mediante la vida, pasión y muerte de Cristo.
- Contar con el amparo y la bendición de Dios en todo tiempo (Romanos 8:28; Deuteronomio 28:1-14).
- Gozar de la cercanía e intimidad con Dios (Hebreos 4:16).
- Ser llenos del Espíritu Santo (Hechos 2).
- Tener entrada a la patria celestial.
Pero también tenemos responsabilidades que, como hijos, se nos exigen, tales como:
- Reconocer nuestros pecados, arrepentirnos y apartarnos de ellos (Proverbios 28:13).
- Vivir en la santidad que nos enseña la ley, no como una imposición, sino voluntariamente, guiados y fortalecidos por el Espíritu Santo (Levítico 11:44; Deuteronomio 6:1-3; 1 Pedro 1:16).
- Mantener una comunión constante con Dios por medio de la oración (1 Tesalonicenses 5:17).
- No dejar de congregarnos (Hebreos 10:25).
- Leer las Escrituras (Deuteronomio 6:6-9).
- Cumplir la Gran Comisión: el mandato de trabajar activamente en la expansión del Reino hasta lo último de la tierra (Mateo 28:18-20).
Todas estas son labores en las que constantemente fallamos, ya sea por nuestro pecado o por nuestra falta de amor al Padre que nos ha adoptado como hijos solo por los méritos de Cristo.
Por eso, estimado lector, le invito a reflexionar si en verdad es un hijo adoptado de Dios y a pedirle perdón por haberlo ofendido con su pecado. Reconocer nuestra identidad como hijos no es solo un privilegio que consuela; es una verdad que confronta, corrige y llama a vivir de manera coherente con la herencia que hemos recibido.
Edward Andrés Díaz Reina
Comunicador Social y periodista
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