“El silencio, propicia un ambiente favorable para conocernos a nosotros mismos, y reconocer al otro”.
Por. José Álvaro Cardozo Salas.
Hago una pausa en este caminar cuaresmal para dar inicio a esta reflexión sobre san José, y debo remitirme a describir lo que es un padre de familia, es un ser con muchas responsabilidades y misiones, y ver en la figura de San José a un padre de un hijo que no es el suyo, pero que por la misión designada asume su rol y todo lo que ello significa, incluyendo la formación, enseñarle a leer, escribir, a bañarse, a caminar, los idiomas, la tradición, la ley de Dios, la tora. Para acercarnos un poco a lo que esto significa me remitiré a lo que hace poco tiempo, el papa Francisco en el 2020 en su carta apostólica Patris Corde, al celebrarse los 150 años de la consagración del papa Pio IX a San José como patrono de la iglesia universal, consagrando un año al amparo de San José en plena pandemia y toca en su carta los diferentes matices de un verdadero padre, como finamente lo ejerció san José, y se recrea en las características de san José como padre de Jesús pero a la vez como refleja el amor de Dios padre por su hijo, Padre amado, Padre en la ternura, Padre en la obediencia, Padre en la acogida, Padre en la valentía creativa, Padre trabajador, y Padre en la sombra, que es la misión de todos los que por gracia de Dios somos padres.
Si bien es cierto la formación de la familia ha cambiado demasiado, hay muchas madres y padres cabezas de familia, vivimos en una sociedad sin padre, o padres ausentes que han marcado de manera significativa el libre desarrollo de las personas, se marca y para siempre un vacío de formación que solo el padre puede llenar en su momento, nos queda luchar por esto y trabajar en la formación y acompañamiento de estas nuevas formas de familia. La familia padece el duro peso de la influencia de la cultura dominante, de muerte, de violencia, de consumismo despiadado, en una sociedad enferma, con políticas de estado que no dan mucha esperanza a las nuevas generaciones, una juventud afectada que rehúsa a pro crear, afectados por la moda y el placer, las separaciones, las uniones libres, los divorcios que dominan el ambiente de manera abrumadora. Las víctimas son numerosas y al final son los niños, a quienes se les niegan las condiciones fundamentales de su niñez, un padre y una madre como mínimo, eso es lo que tenemos y es donde debemos evangelizar, a un padre en una sociedad sin padre.
Pero detengámonos, analicemos la misión de san José con su hijo y aprendamos del amor a Jesús hombre, hostia, Dios, Salvador, descubrir en él (San José) la debilidad, la pobreza, la pequeñez, la oscuridad, el anonimato, este hombre escondido en un taller de carpintería, en medio del aserrín, un pobre obrero, oculto en una aldea escondida y para colmo despreciada. Analicemos si Belén, Nazaret o el calvario no son la demostración del silencio de Dios, de la pobreza de Dios, verdaderos caminos que el mismo Dios escoge para venir a nosotros y darse a conocer. Pues bien, es esta pobreza de Dios, este ocultamiento cercano de Dios, es este venir a lo íntimo de nuestra morada, de la fe pura, pensándolo bien es una locura, miremos a José alimentando a Jesús que es la misma eucaristía pero que cronológicamente no comió de ella, de sus trabajos y sudores la alimentó, la hizo pan de vida.
De san José aprendemos a contemplar a su hijo, imagino que pasaba largas horas mirándolo y llorando, ya que tenía el don de las lágrimas, tan bello y tan escaso, nos enseña a amar a Jesús desde su dimensión de hombre, trabajador y dedicado a su familia, nos enseña a obedecer y a callar, como lo reza la quinta consideración del rosario de san José “por el día que encontraste a tu hijo hablando con sabiduría y callaste, danos la virtud de aprender a escuchar al que en nombre de Dios habla”.
A veces cuando viajo a otras diócesis a promover la adoración perpetua le sugiero algún párroco que abra la adoración en su parroquia, algunos me responden que no tienen sitio en sus instalaciones para ubicarlo. Y yo les digo ¿No busco José un lugar para que Cristo pudiera nacer hasta que lo encontró? “Porque no tenían sitio en el alojamiento” (Lc 2, 7) pero San José siguió buscando hasta que encontró un lugar. Y ese lugar en Belén se convirtió en el primer sitio de adoración en el mundo. Un sacerdote en cuya mente esta ante todo el interés de Cristo, daría su propio cuarto si fuera necesario para que Jesús pueda ser adorado día y noche, me ocurrió en san Pelayo (Córdoba) donde el párroco cedió su habitación que daba a la calle y escogió un cuarto oscuro con cara de bodega para su habitación.
Santa Teresa decía: “Dios siempre habla en el silencio”, para escuchar a Dios, es necesario hacer silencio. En el silencio, nos abrimos a la acción misericordiosa de Dios. El silencio, propicia un ambiente favorable para conocernos a nosotros mismos, y reconocer al otro. En la soledad, nos encontramos con nuestras grandezas, y miserias, hoy es urgente, que, en nuestras familias, crezcan en el don del silencio, de la discreción, del sigilo, de la prudencia. El evangelio nos dice: “Su esposo, José, pensó en despedirla, pero como era un hombre justo, quiso actuar discretamente, para no difamarla” (Mt, 1, 19). Y de María, leemos que “guardaba todas estas cosas en su corazón” (Luc 2, 19), con una gran facilidad hoy, entre el esposo y la esposa, y aún entre los hijos, se da la difamación, se hiere el amor familiar, a través de comentarios y hasta en las redes sociales, se hace necesario, que nuestras familias, asuman el ejemplo de la familia de Nazaret. Tanto José como María, eran prudentes, personas de fe, esperanza, y de amor, de escucha y obediencia, José y María vivieron a profundidad la virtud del silencio.