Amar a Dios implica renunciar a ti mismo y amar a los creyentes, aunque te cueste todo
Edward Andrés Díaz Reina
En la vida cristiana hay momentos en los que el amor y el gozo inicial parecen desvanecerse con el tiempo. Lo que en un principio fue una fe viva, acompañada de entrega sincera, puede verse afectado por influencias externas o por un cambio en la manera de comprender el evangelio. Este pasaje nos invita a reflexionar seriamente sobre la autenticidad de nuestro amor por Cristo, el cual se evidencia, no solo en palabras, sino en la forma en que tratamos a quienes pertenecen a Él.
“¿Dónde, pues, está esa satisfacción que experimentabais? Porque os doy testimonio de que, si hubieseis podido, os hubierais sacado vuestros propios ojos para dármelos. ¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo por deciros la verdad?” (Gálatas 4:15–16).
Cuando los gálatas conocieron el evangelio de la salvación por gracia, expresaron hacia Pablo el gozo y el amor que experimentaban por Cristo, tratando al apóstol con el mismo amor y entrega con que hubieran tratado a Jesús (Gálatas 4:14). Recordemos que Pablo tenía una enfermedad que lo hacía lucir despreciable a los ojos de cualquiera; sin embargo, la influencia del Espíritu Santo hizo que esto no importara, y lo recibieron como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús (Gálatas 4:13–14).
Por eso, con total desconcierto, en el versículo 15 les pregunta: ¿qué pasó?, ¿dónde quedó el gozo, el amor por Cristo? Tan grande era el amor por el Señor y el nivel de renuncia de los gálatas a sí mismos, que estaban dispuestos a quitarse los ojos y dárselos a Pablo. Esta expresión es una forma figurada con la que el apóstol da a entender que estaban dispuestos a entregar todo lo que tenían, aun lo más valioso, por amor al Mesías.
¿Qué darías tú por el Señor? Todos podrían decir: hasta la vida, de ser necesario (Juan 15:13). Ahora dime: ¿qué darías tú por tu hermano? ¿Qué tanto renunciarías a ti mismo por amor a tu hermano? ¿Lo darías todo por él?
Los gálatas demostraron su disposición a darlo todo por Cristo en el amor con el que trataron a Pablo. Si amas a Jesús y darías la vida por Él, debes demostrarlo en el amor que expresas a tu hermano (entiéndase como los otros creyentes) (Juan 13:34–35).
Podrías pensar que esto es exagerado, pero la primera carta de Juan nos recuerda que, si no podemos amar a nuestro hermano a quien vemos, tampoco amamos a Dios, a quien no vemos (1 Juan 4:20). Porque nuestro amor a Dios está indiscutiblemente ligado al amor que profesamos a los creyentes; esta es una de las evidencias de la salvación (1 Juan 3:14).
¿Y cómo es este amor? Exige un nivel de renuncia tan grande de nosotros mismos que debemos estar dispuestos incluso a dar la vida por nuestros hermanos (1 Juan 3:16). Lo que Pablo nos muestra en los pasajes citados de Gálatas es que el amor de los hermanos de Galacia llegó al punto de querer desprenderse de sus propios ojos, y quizá dar la vida por Pablo, de ser necesario. Porque eso hace quien verdaderamente ama a Dios y tiene a Cristo Jesús como su Señor.
Pero, por la influencia de los falsos maestros que los arrastraban a confiar en las obras para la salvación, en lugar de confiar en Cristo (Gálatas 1:6–7; 3:1–3), el amor por Dios, por el Hijo y por Pablo menguó. Por eso el apóstol les dice: “¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo por deciros la verdad?” (Gálatas 4:16).
La verdad a la que se refiere es el evangelio. Los desobedientes, los que rechazan a Cristo y abrazan la salvación por obras, aborrecen la verdad y a quienes se la enseñan (Juan 3:19–20). Por eso, cuando los gálatas comenzaron a apartarse del verdadero evangelio, también dejaron de amar a Pablo.
No amar a los que han sido salvados por Dios, ni a quienes nos enseñan la verdad, es evidencia de un corazón que no ama realmente a Dios (1 Juan 3:15). Porque, indiscutiblemente, el que ama a Dios, ama a Cristo; y quien ama a Cristo, ama también a los que han sido salvados por Él, y tiene vida eterna (1 Juan 5:1).
Así que, mi estimado lector, examina con sinceridad cuánto amas a Jesús y cuánto amas a los creyentes (2 Corintios 13:5).
¡Que Dios te ayude!
Edward Andrés Díaz Reina
Comunicador Social y periodista
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