Entre algoritmos y emociones, seguimos buscando conexiones reales
Wendy Nagely Camacho Prada
La cultura de la inmediatez nos asedia. Vivimos sumergidos en el consumo de contenidos diseñados y adaptados para captar nuestra atención en tan solo unos segundos o un par de minutos. Deslizamos en las redes sociales carruseles, reels, fotos, seguimos páginas en las que se nos muestra información agradable a nuestros sentidos. Sin embargo, hace falta siempre algo, no estamos satisfechos y nos encontramos a la espera de la novedad en nuestra vida de forma permanente, aquello que active en nuestro cerebro la sensación de bienestar y seguridad.
Según el Digital 2026 Global Overview Report, el adulto promedio conectado a internet dedica aproximadamente 33 horas y media a la semana al consumo de todo tipo de medios en línea (incluida la televisión en streaming). Si bien es cierto, las redes sociales facilitan la comunicación a nivel mundial y permiten conocer e interactuar con diversidad de culturas, lenguajes, idiomas, así como estar al tanto de los fenómenos que ocurren, también ponen en riesgo nuestra salud emocional.
En la actualidad, el éxito de conectar con otros en el entorno virtual depende en gran medida de qué tipo de contenido publicamos o cómo lo publicamos. La realidad de los algoritmos que posicionan o relegan al olvido a quienes buscan abrirse paso en medio de la era digital, genera frustración en muchos casos y baja autoestima, porque hay que instruirse, realizar análisis de marketing, comprender qué adaptaciones funcionan mejor para “escalar” y tener un nicho dispuesto a seguirnos.
Esta lógica de validación también atraviesa relaciones afectivas, puesto que en aplicaciones como Tinder los matches se generan, en gran medida, a partir de la imagen que proyecta cada usuario. Individuos con intereses similares y sobre todo con la seducción a través de la foto. ¿Es posible encontrar nuestro “complemento” por medio de estas plataformas? Es probable, pero por qué hablamos de complementariedad si cada uno de nosotros debería sentirse a gusto primero, con su propia compañía, con el valor que se da a sí mismo a diario sin depender de la aprobación de los demás para encajar o sentirse completo. Además, es un acontecimiento común que vayamos detrás de lo imposible, del rechazo, porque genera intriga e interés por explorar lo enigmático, aquello que parece difícil de alcanzar, pero si se vuelve posible, ya no nos interesa; esto ocasiona dolor social.
En un mundo donde la superficialidad está al alcance de unos clics, buscar la compatibilidad resulta un reto y quizás una quimera. Esa sensación es una de las razones por las que se ha generado en gran medida dependencia absoluta de las redes; queremos feeling cuando lo que encontramos es ghosting y se producen profundos vacíos emocionales y existenciales. De ahí resulta importante disfrutar de encuentros con otras personas face to face, escucharnos de forma asertiva, encontrarnos en el silencio de nuestra propia compañía, explorar la cultura, los lugares, expandir los horizontes a un universo de posibilidades, en el que conocemos y conectamos desde la historia y las vivencias de cada ser humano y no desde un algoritmo o afinidad digital. Quizás la verdadera compatibilidad no se encuentre en un algoritmo, sino en la capacidad de permanecer humanos en medio del ruido. La vida es un instante que se diluye cada día, podemos decidir si la abrazamos.