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Mar de aromas

Los aromas guardan recuerdos, emociones y fragmentos de nuestra historia que permanecen vivos en la memoria.

Wendy Nagely Camacho Prada

El aroma como memoria, identidad y presencia, nos acerca a los umbrales del recuerdo y las emociones. Cada persona conserva un aroma, un pedacito de identidad, una parte de sí que aflora a través de minúsculas protuberancias del órgano más grande del cuerpo humano, la piel. Cuando abrazamos, hablamos o besamos, compartimos y recibimos de vuelta fragancias. Se trata de un lenguaje no verbal en el que van sumergidos fragmentos de personalidad, palabras y silencios transmitidos por contacto físico o presencia cercana, siendo importantes en la interacción social. Sin embargo, no me refiero a perfumes, sino a los aromas y olores innatos corporales que se van construyendo desde la infancia.

Existen olores naturales corporales; manufacturados, como los perfumes y los surgidos por la contaminación; y simbólicos, presentes en metáforas olfatorias. Pueden encontrarse de forma individual o entremezclados en un entorno y cultura específicos, que permiten diferenciar a nivel olfativo aspectos que sellan en la memoria, momentos y personas vividos.

El Instituto de Neurobiología de la UNAM dice que las moléculas que activan el sentido del olfato (cuyo nombre técnico es olfacción) están presentes en el aire, se introducen en el cuerpo a través de la nariz y la boca y se adhieren a las células receptoras situadas en las membranas mucosas que se encuentran en la parte más interior de la nariz. Los humanos contamos con millones de ellas y con alrededor de 400 receptores olfativos diferentes.

¿Cómo es posible recordar el aroma de una persona después de diez años sin verla? ¿Por qué una fragancia fugaz puede devolvernos, en cuestión de segundos, a una habitación, una despedida o un abrazo perdido en el tiempo?

Gracias al bulbo olfatorio, una estructura ubicada bajo la parte frontal del cerebro que conecta con la zona cerebral encargada de regular las emociones. Debido a esto, percibimos aromas que evocan en nosotros sentimientos, emociones, recuerdos instantáneos de épocas pasadas, efímeras, o que quizá, atesoramos en el sistema límbico aguardando el día para rememorarlos.

Las redes tejidas a través de conexiones con diversas partes del cerebro, permiten a los olores y aromas adentrarse en un viaje por los recuerdos y las emociones con detalles particulares, singulares, así como por estados de ánimo como la nostalgia o la añoranza.

Al hablar particularmente del aroma, aquel olor agradable a nuestros sentidos, estimulamos el placer que genera recordar lo bueno de la vida, aquello que dejó improntas eternas en el corazón que llevamos en la cabeza, y que, a través de pequeñas estructuras nos posibilita viajar en el tiempo, recordar presencias, encantos y desencantos que como seres humanos nos palpitan, en el profundo mar de los sentidos.

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