🌟 Bienvenida a Centauro Televisión
Nos complace dar la bienvenida a una nueva integrante de nuestro espacio de opinión y reflexión.
Patricia De La Cruz Ospina, nacida en Bogotá y residente en Tunja, Boyacá, cuenta con una amplia trayectoria en el sector educativo, donde se desempeñó como docente de secundaria y supervisora de educación durante varios años. Actualmente disfruta de su etapa de pensionada y dedica parte de su tiempo a la escritura.
Le agradecemos por compartir con nuestros lectores sus experiencias, reflexiones y vivencias a través de esta nueva columna.
NOS CAMBIÓ LA NOCHE
Transcurría el año 2005, época en que yo hacía mi oración de madrugada, los sábados de 1 a 3 de la mañana, en la capilla de adoración perpetua del hospital San Rafael de Tunja. Una noche llegué y me encontré con una señora ya mayor, aparentemente de origen campesino, sentada haciendo oración. Cuando ya eran las 3 y pensaba irme, ella estaba dormida, se le notaba muy cansada. Me le acerqué con suavidad y la animé para que se fuera a su casa, descansara bien y regresara más tarde. Me dijo que no. Su esposo estaba enfermo, esperaba que al día siguiente le dieran salida, pero en la habitación de él no la habían dejado quedar ni siquiera en una silla. Vivían en un pueblo lejos de Tunja, no tenía para el transporte, menos para pagar hotel y le pareció que el mejor lugar era ese. Pensé, la viejita si está bien ubicada, ella tiene toda la razón, no hay un mejor lugar que estar con Nuestro Señor, pero igual le hace falta descansar.
Decidí invitarla a pasar la noche conmigo, en la casa. En esa época yo estaba totalmente sola, le propuse y aceptó. Nos fuimos, por el camino tomé la decisión de organizarle la alcoba del servicio en el garaje y tiene baño con agua caliente. Le dejé toalla, champú, jabón, le tendí la cama y la alcoba quedó dispuesta. Como no tenía pijama, le facilité una sudadera mía para que durmiera bien. Yo le podía echar llave desde afuera, es decir, ella quedaría totalmente encerrada, sin acceso al resto de la casa, así yo podría dormir tranquila, ya que nadie tenía conocimiento de lo que estaba sucediendo y como en Colombia pasan tantas cosas…… siempre me daba algo de miedo llevarme una extraña, que ni el nombre le sabía. Al llegar nos tomamos un agua de panela caliente con pan y a dormir se dijo.
Cuando yo me levanté, le abrí y salió toda arregladita, con el cabello lavado, preparé un desayuno bien rico para las dos, le regalé la sudadera y la llevé de regreso al hospital.
El agradecimiento de esta mujer conmigo fue conmovedor, tuve que bajarme del carro para abrazarla, no hallaba como expresarme el alivio que había sentido al poder dormir bien, la ducha de agua caliente la disfrutó mucho, la sudadera le pareció divina, mi casa era todo un palacio para ella, mejor dicho, estuvo feliz, muy feliz, en medio de un episodio de salud complicado, agravado por la distancia del hogar y la carencia de recursos.
No se quejó de la alcoba chiquita, del garaje, del encierro, del escaso sueño, de nada. Absolutamente todo lo agradeció.
Hoy en día pienso tantas cosas…. la enseñanza que me dio el Señor esa noche, no se me olvidará jamás.
Es muy fácil ayudar a la gente, tenemos muchos medios para hacerlo. Ignoramos los problemas de los demás, tenemos miedo de comprometernos. Nos urge como colombianos aprender a tratarnos mejor entre nosotros mismos, con más amor, más cariño y respeto.
El agradecimiento nuestro hacia Dios hay que expresárselo por todo y por nada. Un corazón agradecido es algo muy lindo, enternecedor. En general, somos rápidos para pedir y lentos para agradecer.
La oración ante el Santísimo es maravillosa, su presencia es parecida al COVID, contagiosa, especialmente de madrugada. La fuerza que nos da es increíble. Su amor nos llena de valor y así tomamos la decisión, de lo contrario, soy sincera tengo que admitirlo yo por mis propias fuerzas, ni siquiera hubiera contemplado la más mínima posibilidad de hacer algo como lo que hice. Vivan Jesús sacramentado y la santísima Virgen María.!!!!!
Patricia De La Cruz Ospina.