“Algún día alguien hablará de nosotros en pasado. Algún día también llegará nuestro turno”.
Por. José Álvaro Cardozo Salas.
Llega a mis manos un artículo del Dr. Pedro Zapuka del periódico Vanguardia liberal de Bucaramanga, y me dejo su escrito ciertas palabras retumbando en mi cabeza, que quizás todos sabemos pero que pocos ponemos en práctica. Dice el Dr. Pedro. “Nos levantamos cada mañana convencidos de que habrá un mañana. Hacemos planes para la próxima semana, para las próximas vacaciones, para cuando tengamos más tiempo, más dinero o menos preocupaciones. Vivimos instalados en la ilusión de que la vida nos debe otro día. Pero no es así. La vida no promete nada. Hay personas con las que hablamos hoy sin imaginar que esa será la última conversación. Hay abrazos que damos sin saber que son despedidas. Hay mensajes que dejamos para después, llamadas que aplazamos y palabras que guardamos porque creemos que tendremos otra oportunidad.
Y a veces esa oportunidad nunca llega. La muerte de un amigo no solo duele por su ausencia. Duele porque nos enfrenta a todas las cosas que damos por sentadas. Nos recuerda que cada persona que amamos es, en realidad, un préstamo. Que nuestros padres no estarán aquí para siempre. Que nuestros hijos crecerán más rápido de lo que creemos. La muerte tiene esa capacidad brutal de poner las prioridades en orden.
De repente dejan de importar muchas discusiones. Dejan de importar los egos, los orgullos y las razones que tanto defendíamos. Lo urgente se vuelve insignificante y lo verdaderamente importante aparece frente a nosotros con una claridad dolorosa.
Entonces uno entiende que la vida nunca fue la reunión que teníamos pendiente, ni el negocio que queríamos cerrar, ni la meta que perseguíamos.
La vida era esa llamada que no hicimos. Era ese abrazo que dejamos para después.
Era ese “te quiero” que pensamos que la otra persona ya sabía. Era esa visita que seguimos aplazando. Como si nuestros padres fueran eternos. Como si nuestros hijos fueran eternos. Como si nuestros amigos fueran eternos. Como si nosotros mismos fuéramos eternos. Y no, no lo somos.
Algún día alguien verá nuestras fotos y recordará nuestra voz. Algún día alguien hablará de nosotros en pasado. Algún día también llegará nuestro turno. No escribo estas líneas para hablar de la muerte. Las escribo para hablar de la vida. Para recordarte que, si hay alguien a quien amas, lo llames hoy. No mañana.
Que, si hay alguien a quien extrañas, le escribas. Que, si tus padres aún están vivos, los abraces un poco más fuerte. Que, si tus hijos están en casa, dejes el teléfono a un lado y les regales tu tiempo. Porque llegará un día en que daríamos cualquier cosa por cinco minutos más con alguien que ya no está”.
Y este Dr. Pedro que no conozco nos invita a vivir con intensidad la vida, en los pequeños detalles, en esas cosas que no creemos importantes pero que en realidad lo son y nos marcan la diferencia. La humanidad logró algo extraordinario: estar conectada todo el tiempo. Y, paradójicamente, nunca habíamos estado tan solos.
Vivimos rodeados de personas, conversaciones, notificaciones y pantallas que nos mantienen permanentemente disponibles. Hablamos más que nunca. Compartimos más que nunca. Nos mostramos más que nunca. Pero en medio de esa hiperconexión digital, millones de personas experimentan una sensación silenciosa y profundamente humana: la de no sentirse realmente acompañadas. Ya ven como es la vida, vivimos ante una gran tragedia, me aterra ver la depresión galopando como la enfermedad de moda, las personas se mueren incomunicadas, no hay con quien hablar, compartir, y eso es muy duro.
Así que estas reflexiones nos deben motivar aún más, a buscar las personas que amamos, incluso a las que deberíamos amar más, todas son importantes, a agradecer mas y quejarnos menos, a contemplar un atardecer, una cascada, un postrecito, en fin, tantas cosas para hacer y con tan poco tiempo para compartir, así es la vida.