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Entre Dios y el amor, escojo el amor

“Pero no logramos transfigurarnos en él, en su pureza, en su ternura, y finalmente en la dimensión del amor que duele”.

Por. José Álvaro Cardozo Salas.

Titula así el libro del padre Pablo de D`Ors, que ha levantado una polvareda de comentarios con el obispo Munilla a bordo, pero miremos las dos caras de la moneda, Pablo asegura en su último libro, en el que ahonda en “la oración del corazón”, esa que precisamente le ha llevado al desierto de la meditación, que en realidad es un oasis. El camino espiritual nos va conduciendo cada vez más al amor de los hermanos, a la humanidad, y eso representa Cristo. En el camino que he recorrido, el silencio me ha llevado Cristo y Cristo me lleva a Jesús. Es decir, la poética te lleva a la mística, y la mística a la poética. Estar ante una imagen del Crucificado alienta y alimenta mi devoción, que está profundamente vinculada con la meditación.

El libro responde a esta cuestión apuntando una fórmula que es recitar una jaculatoria, un mantra, que nos acompaña hasta que de algún modo la mente lo acoge, la palabra que tienes en la mente se hace cuerpo y, cuando descubres que eres un cuerpo, descubres que el universo es un organismo. Esta propuesta me la he tomado muy en serio desde hace décadas, no solo en mis tiempos o espacios diarios de silenciamiento interior, sino en la vida cotidiana. Llega un punto en el que no hay tanta diferencia entre la vida de oración específica y la vida de acción, porque estás bañado en ese espíritu que te acompaña permanentemente.

Nosotros estamos respondiendo a la realidad, a las personas. No vamos a ningún sitio donde no nos llaman. No hay una voluntad expansiva, sino voluntad de respuesta a las demandas, porque hay muchos cristianos en todo el mundo, sobre todo en las regiones hispanoparlantes, que sintonizan con este carisma y esta propuesta. Intentamos darles respuesta, pero nunca pensamos en masas o en gente en general, sino en personas concretas a las que acompañamos.

Sobre el reconocimiento oficial, nos sentimos claramente un movimiento de Iglesia, si bien estamos en una situación espiritual y teológica de frontera, porque estamos dialogando con otras realidades, porque practicamos lo que llamamos la meditación integral. Desde una tradición cristiana, todo aquello en lo que haya belleza y bien que nos puede enriquecer, nos puede ayudar a reformular lo propio. Eso es un lugar genuino y delicado. Además del reconocimiento como asociación privada que tenemos, en este monacato secular del Tabor de gente consagrada, claro que nos gustaría tener también un aval más. De alguna manera, hemos empezado alguna gestión todavía tibia para caminar en ese sentido.

Ahora bien esta realidad es lo siguiente Mons. José Ignacio Munilla expone, en primer lugar, que “Dios es amor, pero nuestro amor no es Dios”, y, en segunda instancia, señala que “existe una impostura que consiste en sustituir a Dios por la felicidad; lo cual es tanto como pretender sustituir la causa por el efecto. Ahora bien, el efecto no es posible sin la causa”.

En tercer lugar, el obispo español considera que “conviene hacer el ejercicio de preguntarnos sobre cómo vaya a ser entendida la frase ‘Entre Dios y el amor, escojo el amor’; ya que apuesto a que los ateos la aplaudirán con las orejas”.

Bueno servido está el segundo round de esta polémica, yo que soy un seguidor de la espiritualidad de San Charles de Foucauld me dejo llevar por el amor sempiterno de Dios sin olvidar que nuestro hacedor lo es todo, incluso sobrepasa lo infinito del amor divino, está ahí para amarnos y dejarse amar y consentir de nosotros, lo que pasa es que nuestra pequeñez y la gran soberbia que nos invade impide que lleguemos al nivel espiritual para entender y disfrutar de su amor, enredados en tantas cosas que el mundo ofrece, vanas todas, no hemos sido capaces de identificarlo en donde más se manifiesta, en el prójimo, en la lluvia, en un atardecer, en la caridad, y en la hostia blanca del sagrario, que incluso comemos, pero que no logramos transfigurarnos en él, en su pureza, en su ternura, y finalmente en la dimensión del amor que duele, ese amor que nos identifica en el calvario, pero que no nos deja llegar a ese monte y quizás como Juan podríamos estar al pie de la cruz, ahí les dejo este trompito en uña, como dicen en mi tierra.

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