La ambición, el orgullo y la envidia revelan un corazón que necesita volver a Cristo.
Edward Andrés Díaz Reina
La gloria que buscamos revela el verdadero estado de nuestro corazón. Mientras el creyente está llamado a vivir para exaltar el nombre de Cristo, nuestro corazón pecaminoso sigue luchando por recibir el reconocimiento que solo le pertenece a Dios. En este pasaje, el apóstol Pablo nos advierte sobre un pecado sutil: la vanagloria.
“No nos hagamos vanagloriosos, provocándonos los unos a los otros, envidiándonos los unos a los otros. “Gálatas 5:26
La vanagloria, las provocaciones y las envidias son hijas de una misma familia: la ambición. El apóstol está invitando a los gálatas, y también a nosotros, a tener cuidado con la ambición por la gloria vana, la cual puede llevarnos a provocar a otros o a envidiar la gloria terrenal que ellos poseen.
Los gálatas, al igual que nosotros, deseaban sobresalir y destacar entre los demás, muy seguramente por ser estrictos en el cumplimiento de la ley, como sucedía con los judíos.
Es muy probable que ese afán y ese deseo de sobresalir estuvieran presentes en lo que Pablo ya había descrito como “morderse y devorarse unos a otros” (Gálatas 5:15).
Nosotros no somos inmunes a esa actitud. Nos gusta que nos den los lugares privilegiados, que nuestro nombre sea exaltado, que nos aplaudan cuando hacemos algo bien y que nos llamen: “Señor Fulano” o “Señora Fulana”.
¿Ha conocido personas así?
Les gusta que las llamen “señor” o “señora” porque, según ellas, ante todo está el “respeto”. Sin embargo, muchas veces ese respeto del que hablan está cargado de orgullo y de una ambición por ser exaltadas.
Usted reconoce a estas personas porque esperan que todos las llamen “señor” o “señora”. Se consideran por encima de los demás o, en el mejor de los casos, iguales, aunque en el fondo suelen creerse superiores; por eso exigen ese supuesto “respeto”.
¿Somos nosotros también deseosos de esa vana gloria?
Quizá usted diga: “¿Qué tiene de malo ser reconocido por un buen trabajo?”
Pablo dijo: “El que se gloría, gloríese en el Señor”. Nuestro nombre no debe ser exaltado, porque los dones y talentos que poseemos provienen de Cristo. Es su nombre el que debe ser exaltado siempre.
Nuestra ambición por ser exaltados nos aleja de la gloria verdadera, que es la gloria de Dios.
Sin embargo, nuestro corazón pecaminoso nos impulsa continuamente a buscar nuestra propia gloria.
Mi estimado lector, si has caído en este mal, arrepiéntete de tu pecado. Clama al Señor para que transforme tu corazón y te conceda vivir únicamente para su gloria.
La verdadera grandeza del creyente no consiste en ser reconocido por los hombres, sino en vivir para la gloria de Dios. Renunciemos a toda vanagloria y que Cristo ocupe el lugar que solo a Él le pertenece en nuestro corazón. Solo así experimentaremos el verdadero gozo de vivir para exaltar su nombre y no el nuestro.
Edward Andrés Díaz Reina
Comunicador Social y periodista
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