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Todos necesitamos un Tatami.

“También el deporte nos enseña algo que hoy parece escaso: disciplina”.

Por. José Álvaro Cardozo Salas.

Para los años 70 a 80 estudiaba con los Maristas en Cali, el Hermano Oscar Montoya era el timonel de la época y supo leer la gran necesidad de inyectar una gran dosis de actividades, lúdicas, deportivas, culturales a sus estudiantes; los viernes era el espacio de colegio para estas prácticas, yo me inscribí en Judo, las artes marciales fundadas por el maestro japones Jigoro Kano, y mi Sensei era Danilo Ospina Toro, que además de ser nuestro instructor se convirtió en consejero, papa, amigo, confidente. A Danilo le debo además de la disciplina, la rectitud, el respeto por los demás, mucha seguridad en mi vida; que desde entonces hasta hoy veo sus frutos, fue mi padrino de confirmación, pero después de graduarnos nos perdimos del mapa, duré los últimos 20 años buscándolo, supe que andaba por Miami tocando los timbales en una orquesta salsera de la noche de la ciudad “Mágica”, y trabajando la orfebrería (joyas preciosas), mi compañero de colegio y judoca Carlos Ramírez lo localizó no hace menos de un año, y pude re encontrarme telefónicamente con mi Sensei, ya ven como es Dios que nos permite todos estos sueños cumplirlos, mis ganas de buscarlo era para reconocerle mi gratitud eterna por lo que significó para tantos niños y jóvenes que como yo nos beneficiamos de sus enseñanzas.

Otra de las personas que marcó esa época se llama  Liliana Merizalde, esta paisita era la profe de tenis de mesa, sus hermanos estudiaron en el San Luis, también ella fue mi amiga y confidente, -con la nunca perdí el contacto-,  me emocionaba ver como a través del pin pon muchísimos amigos lograron con tenacidad barrer y llevar las medallas de cuantos Intercolegiados, departamentales e  incluso nacionales se ganaron para el colegio, recuerdo con simpatía en cierta ocasión cuando Coca-Cola promocionaba los yoyos, traían unos verdaderos artistas que formaban figuras entrelazando las cuerdas y nos animaban a hacerlo, para la época en su gira traían 2 jovencitos chinos campeones mundiales de este deporte, Liliana le puso al mejor jugador del colegio y ¡oh sorpresa¡ los venció a los dos chinitos, que solo atinaron a rascarse la cabeza.

Por eso hoy quiero referirme al deporte que me alejó de tantos males de la época; la “yerba”, el bazuco tan de moda en esos años, el trago que dejo muchas secuelas en amigos que se abrazaban a las botellas y con ellas las consecuencias conocidas por todos. Pero quizá el mayor regalo que ofrece el deporte no es fisiológico, sino formativo. El deporte moldea el carácter. Nos enseña que el progreso rara vez es inmediato. Nos obliga a convivir con la frustración, con los errores y con las derrotas. Nos recuerda que las metas importantes se alcanzan a través de pequeños esfuerzos repetidos durante mucho tiempo. En un mundo obsesionado con la inmediatez, el deporte sigue siendo una de las mejores escuelas de paciencia. En muchos de los torneos que participé; algunas veces perdía, conocí la derrota, y aprendí que no siempre se gana, aunque entrenaba a diario para ganar, estaba contemplado en mi mente perder como parte del juego y eso sí que me sirvió en la vida. También el deporte nos enseña algo que hoy parece escaso: “disciplina”. La capacidad de hacer lo que debemos hacer aun cuando no tenemos ganas. Esa habilidad que se fortalece en una pista, una piscina o un gimnasio, termina acompañándonos en el trabajo, en los estudios, en los proyectos personales e incluso en nuestras relaciones. No todos estamos llamados a ser atletas de alto rendimiento. No todos tenemos que correr maratones ni participar en competencias. Pero todos necesitamos un espacio propio donde podamos mover el cuerpo, despejar la mente y fortalecer el espíritu. Un lugar donde recordemos que todavía somos capaces de esforzarnos, de crecer y de superarnos. En tiempos donde la ansiedad y el estrés parecen formar parte del paisaje cotidiano, quizá una de las decisiones más inteligentes que podemos tomar por nuestra salud mental sea también una de las más sencillas: encontrar un deporte, enamorarnos del proceso y convertir el movimiento en un hábito. Porque muchas veces el cuerpo termina siendo el camino más corto para sanar la mente. Por eso estoy convencido de que todos necesitamos un Tatami (lugar donde se entrena el Judo). No importa si es una pista, una bicicleta, una piscina, un gimnasio. Lo importante es encontrar ese lugar donde el cuerpo se fortalece, la mente se ordena y el carácter se forja. Porque, a veces, mientras creemos que estamos entrenando un deporte, en realidad estamos aprendiendo a vivir mejor.

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