Cuando todo se pierde, la solidaridad revela lo que verdaderamente permanece.
Wendy Nagely Camacho Prada
Nadie se imagina despertar viviendo una pesadilla o, peor aún, no despertar; tampoco imagina de la noche a la mañana perder su hogar, su familia y todo lo que a nivel material ha conseguido en su vida, en la lucha por la supervivencia. El panorama es desolador. Colombia, mi amada patria, tras el terremoto de magnitud 7.4 vivido el pasado 10 de agosto a las 7:34 a.m., está devastada. Según El País, hasta la noche del 14 de agosto las cifras de muertos ascendían a 288, 379 los desaparecidos y 4.000 los heridos. Ayudas humanitarias, apoyos económicos, búsquedas incansables representan apenas un esbozo de todos los planes de contingencia para ayudar a los damnificados.
Es triste ver y sentir que tiene que sacudirse la tierra y arrasar con miles de personas y lugares para que nos solidaricemos y transformemos nuestra visión sobre la vida. Está más que demostrado, aquel fenómeno natural no hizo distinciones de clase social, profesión, sexo, género, ubicación geográfica, creencias u orientaciones religiosas o políticas; a todos nos hizo vibrar las entrañas y la conciencia.
Sin embargo, cuando se trata de una mano amiga naturalmente es tendida primero a los más cercanos, como una reacción en cadena que poco a poco se va extendiendo, aunque no conozcamos a tantos destinatarios. No se puede esperar que si no ayudamos a nuestra familia, nuestros amigos o a nosotros mismos, la generosidad trascienda barreras locales o regionales.
La antigua expresión latina de Ennio, citada por Cicerón, amicus certus in re incerta cernitur (el amigo de verdad lo conoces en tiempos de incertidumbre) se ajusta a estos hechos; porque todos estamos cuando sobresale la prosperidad, la alegría o el éxito, pero cuando llega la turbulencia, el desierto y la soledad son abrasadores, parece que arrastráramos cadenas que nos empujan hacia el abismo.
Después de todo, al filo de la nada, ¿qué es lo que en verdad permanece más allá de la muerte? Tal vez el amor que dimos sin condiciones manifestado a través de las obras. Lo demás es efímero y permanece en la tierra, quizás, hecho cenizas.