¿Qué revela nuestra manera de dar sobre lo que realmente creemos?
Muchas veces pensamos que nuestras decisiones no tendrán consecuencias, especialmente cuando se trata de compartir con otros lo que Dios nos ha dado. Sin embargo, Dios conoce las intenciones de nuestro corazón y nos llama a vivir de una manera diferente: confiando en Él y actuando con amor y generosidad. Pablo nos recuerda que todo lo que sembramos tendrá una cosecha.
«No os engañéis, Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna» (Gálatas 6:7-8).
En este pasaje, Pablo está llamando a los gálatas, y a nosotros, a actuar por amor hacia quienes nos enseñan el evangelio.
Inicia diciéndonos: «No se engañen: Dios no puede ser burlado». Porque somos hábiles para encubrir la maldad de nuestro corazón y engañarnos a nosotros mismos, para así tranquilizar nuestras conciencias.
Pero Dios conoce en verdad nuestro corazón (Lucas 16:15; Jeremías 17:10). Sabe perfectamente la maldad que habita en él (Jeremías 17:9). Conoce las perversas razones por las cuales no hacemos lo que debemos hacer; en este caso, retribuir en amor a aquel que, por amor a Cristo, nos enseña el evangelio para el bien de nuestras almas.
La razón principal por la que no hacemos eso es que no amamos a Dios, aunque nos engañemos diciendo: «Yo lo amo con todo mi corazón». Si en verdad lo amáramos, demostraríamos ese amor al retribuir a aquel que nos instruye y no buscaríamos excusas para no darle. Porque seríamos conscientes de que, al darle a él, le estamos dando a Dios.
La segunda razón es que, en nuestro necio corazón, no confiamos plenamente en Dios. No creemos que es Él quien provee para nosotros a través de nuestro trabajo o de las personas que usa para darnos.
Por eso no damos, pues creemos que, al hacerlo, nos va a faltar o no nos va a alcanzar para nuestro sustento.
En Malaquías, capítulo 3, el pueblo de Israel cayó en el mismo pecado de incredulidad y dejó de aportar para el sustento de los sacerdotes. Dios los reprende duramente, llamándolos ladrones, y los anima a dar diciendo:
«Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos» (Malaquías 3:10-11).
Con lo cual deja claro que la bendición del trabajo viene de parte de Dios, y que, si damos libremente en amor a Él y al prójimo, no nos faltará, sino todo lo contrario. Seremos bendecidos y el fruto de nuestro trabajo será abundante. No para almacenar de manera mezquina, sino para dar más, con mayor libertad y conciencia de que es Dios quien nos bendice y provee.
Pero el que siembra para su carne, y no para el Espíritu, como dice Pablo en Gálatas 6:7-8, de la carne segará corrupción.
En este caso, sembrar para la carne es no obedecer la voluntad de Dios al dar y seguir los deseos egoístas, avaros y mezquinos de nuestro corazón, que nos llevan a pensar de manera exagerada más en nosotros que en el prójimo.
Quien tal hace segará corrupción. En otras palabras, no tendrá la bendición de parte de Dios y segará el resultado de su egoísmo y avaricia.
Pero quienes siembran para el Espíritu, esto es, dan con libertad, confiando en el Señor, y con gozo y amor para la obra del Señor —porque dar al pastor también es dar para la obra—, entonces cosecharán vida eterna.
No es que tengamos vida eterna por dar, porque la vida eterna es resultado del sacrificio y obra de Cristo. Pablo se refiere al gozo, la plenitud y las bendiciones que recibiremos por confiar en el Señor, obedecer su palabra y aportar para su obra.
Como Dios dice en Malaquías: «derramaré bendición y detendré al devorador». El fruto de nuestras manos será bendito; el Señor proveerá para nuestro sustento hasta nuestro último aliento.
Pero nuestro necio corazón no ama a Dios como debe, ni confía en Él; por eso no damos como deberíamos dar.
¡Que Dios nos perdone!
Edward Andrés Díaz Reina
Comunicador Social y periodista
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