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La ansiedad; cuando el alma se queda sin aire.

“La paz no viene de saber qué va a pasar, sino de confiar en quien sostiene lo que va a pasar”.

Por. José Álvaro Cardozo Salas.

La ansiedad se ha convertido en uno de los grandes males de nuestro tiempo. Psicólogos, psiquiatras, medicamentos, técnicas de respiración y estrategias para controlar el estrés intentan hacer frente a un problema que afecta cada vez a más personas.  Siempre me pregunto ¿Por qué, teniendo más psicólogos y psiquiatras, más pastillas y más bienestar que nunca, estamos más ansiosos que nunca?, Santo Tomás emplea dos conceptos que ayudan a comprender lo que sucede interiormente en una persona dominada por la angustia. El primero remite precisamente a la idea de estrechez. La angustia sería esa sensación de encontrarse encerrado, sin salida, especialmente ante la incertidumbre de aquello que puede ocurrir. Pero el Aquinate utiliza también anxietas, término relacionado con la idea de sofocar o estrangular. La imagen que utiliza Santo Tomas es muy gráfica: “La ansiedad es cuando el peso del futuro te oprime tanto que sientes que te ahogas, que el alma se queda sin aire”. ¿De dónde procede esa sensación? Según explica el sacerdote, muchas veces aparece cuando pretendemos hacer algo imposible: cargar hoy con el peso de lo que todavía no ha sucedido.

El trabajo que podemos perder, la enfermedad que quizá llegue, un examen que podemos suspender, una relación que puede romperse, las dificultades económicas del próximo mes… La mente comienza a vivir anticipadamente todos esos posibles escenarios. “El alma humana se hace pequeña, se contrae cuando intenta cargar hoy con el peso de lo que pasará mañana, el mes que viene o dentro de diez años. Y Sufrimos porque, en el fondo, intentamos ser la providencia de nuestra propia vida».

Queremos garantías sobre el futuro. Queremos saber qué sucederá y controlar las circunstancias. “Queremos tener las garantías que solo Dios tiene. “Queremos controlarlo todo y ese peso nos aplasta y nos sofoca”. Frente a ese encogimiento aparece una virtud quizá poco conocida actualmente: la magnanimidad. La palabra significa literalmente grandeza de alma. “Fijémonos qué cambio de perspectiva”, Frente al alma que se estrecha por el miedo, santo Tomás propone extender el ánimo hacia las cosas grandes. No se trata de negar los problemas ni de conseguir una especie de insensibilidad ante el sufrimiento. Tampoco de asegurar que nada malo va a ocurrir. La persona magnánima también experimenta dificultades y miedo. La diferencia está en dónde coloca su confianza. “La paz no viene de saber qué va a pasar, sino de confiar en quien sostiene lo que va a pasar”. Y aquí aparece una de las claves de toda la reflexión: Dios concede la gracia necesaria para afrontar las dificultades cuando estas llegan, no necesariamente antes. La ansiedad, nos cuestiona y suele formular continuamente una pregunta: «¿Y si pasa eso tan terrible?». ¿Y si pierdo mi trabajo? ¿Y si enfermo? ¿Y si suspendo? ¿Y si me abandona la persona que quiero? ¿Y si no puedo pagar las facturas? La persona queda entonces paralizada contemplando un futuro que todavía no existe. La magnanimidad propone cambiar la pregunta. “Si pasa, tranquilo, Dios proveerá. Pero mientras tanto, ¿cuál es la cosa grande que Dios me pide hoy?”. Dios no te da hoy la fuerza para soportar la cruz dentro de un año. Te da la fuerza para hoy. El problema surge cuando pretendemos vivir ahora una dificultad que todavía no existe: “Cuando intentas vivir el futuro sin la gracia del futuro, te rompes, te llenas de ansiedad”. Si alguien teme perder un ser querido, el resultado de un examen, sufrir una ruptura sentimental o no llegar a fin de mes, puede pasar horas imaginando la tragedia.

La alternativa es levantarse y preguntarse qué tiene que hacer hoy. Ser un buen padre o una buena madre durante el desayuno. Estudiar las próximas horas. Trabajar con excelencia. Atender a la persona que tenemos delante. Cumplir bien la pequeña obligación de este momento. “Primero quita la mirada del abismo”, Es decir, dejar de mirar obsesivamente aquello que no podemos controlar: el futuro. Confiemos mas en Dios y dudemos menos de lo que el puede hacer por nosotros.

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