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Carmen, un ejemplo

Una historia que demuestra que la honradez no depende de cuánto se tiene, sino de los valores con los que se vive.

Patricia de la Cruz Ospina

Hace años pensaba que quienes robaban lo hacían por necesidad: no tenían trabajo, tenían hijos que alimentar, un arriendo por pagar o medicinas urgentes por comprar. Casi lo justificaba, hasta que conocí a Carmen.

Carmen era una mujer sencilla, querida, amorosa, de buen genio y tranquila. Nada la abatía y siempre actuaba con honradez. Trabajaba en el servicio doméstico, porque su nivel de estudios no le daba acceso a un trabajo mejor pagado. Era madre cabeza de familia: pagaba el arriendo, mantenía a sus dos hijos, cuyo papá nunca estuvo presente, y cuidaba además a su mamá, ya de edad avanzada. Toda esa familia dependía de su salario.

Trabajó con nosotros varios años. Así llegué a conocerla, a quererla y a admirarla, y la ayudamos en todo lo que estuvo a nuestro alcance. Con ella se podía dejar oro a la vista y siempre lo encontrábamos intacto; jamás se perdió un alfiler. Por cuestiones laborales terminamos distanciándonos.

Con grandes sacrificios, Carmen estudió para ser chef, lo que le permitió entrar a un prestigioso club de la ciudad y mejorar sus ingresos. En medio de tantas dificultades logró que sus dos hijos se graduaran como profesionales. Eran juiciosos, responsables y estudiosos. Hasta donde sé, la hija consiguió trabajo en una empresa, donde conoció a quien sería su esposo, y el hijo también encontró empleo en su campo.

Carmen me contó de dónde venía esa rectitud. Cuando era niña, su mamá jamás le permitió llegar a la casa con algo que no fuera suyo. Estaba segura de que, si lo hacía, la acompañaría personalmente a devolverlo, a pedirle excusas al dueño y a prometerle que no lo volvería a hacer, y Carmen no quería pasar por esa vergüenza. Otra persona que la marcó fue su profesora de la escuela, quien le habló de Dios y le enseñó valores y creencias religiosas que su mamá ya había empezado a inculcarle. De esas dos mujeres salió una persona de valores sólidos, que nunca dio espacio a la corrupción ni a la deshonestidad.

Carmen me enseñó que la honradez no depende de la pobreza ni de la riqueza, ni del nivel de estudios. Se aprende a lo largo de la vida y se practica en todos los ámbitos. Y me mostró que la rectitud tiene su recompensa: vio crecer a sus hijos, progresó y ayudó a construir ese mundo mejor al que todos aspiramos. Lo hizo con esfuerzo, sacrificio, valentía y tenacidad, y con la fe en que Dios la acompañaría y no la desampararía, ni a ella ni a sus hijos ni a su mamá. Y así fue.

Entonces, ¿qué nos pasó a los colombianos? ¿Qué originó un cambio tan negativo? ¿Cuándo perdimos la vergüenza?

No podemos seguir celebrando el enriquecimiento ilícito, a quienes aparecen con plata de la noche a la mañana porque disque tienen un buen cargo o se metieron en “buenos negocios”, cuando quienes hemos trabajado honradamente toda la vida sabemos que el dinero no se hace fácil ni rápido. Codiciar lo ajeno no trae nada bueno: lo que se adquiere bajo la sombra del pecado pierde la bendición de Dios.

Es hora de volver a valorar el trabajo, pero el trabajo honrado. Como dice Proverbios 30, 8-9: “No me des pobreza ni riqueza, dame solo el alimento necesario. No sea que, saciado, te niegue y diga: ¿Quién es el Señor? O que, siendo pobre, me ponga a robar y profane el nombre de mi Dios.”

Vivir conforme a la voluntad de Dios, guardando sus preceptos y obedeciendo sus mandamientos, nos mantiene del lado correcto de la ley. Nos aleja de la vergüenza, del escarnio público, de los jueces y de la cárcel. Dormiremos en paz, con la conciencia tranquila y, lo mejor, habremos dado buen ejemplo a nuestros hijos. Eso es amor.

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