Incluso cuando hacerlo parece no tener sentido.
Edward Andrés Díaz Reina
Todos enfrentamos momentos en los que hacer el bien parece difícil, especialmente cuando otros nos han hecho daño.
Sin embargo, Dios nos llama a responder de una manera diferente: no con venganza, sino con amor y buenas obras.
«No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe» (Gálatas 6:9-10).
Entendiendo que el amor no es simplemente una emoción o un sentimiento, sino una decisión racional (Juan 13:34), el apóstol, en estos dos versículos, nos exhorta a no cesar de poner en práctica el amor, haciendo el bien a todos.
Primero, se enfoca en el pastor y en nuestro deber de manifestar nuestro amor a Cristo, sosteniendo al pastor para que pueda dedicarse de lleno a la obra que Dios le ha encomendado. Esto se desarrolla en los versículos 6 al 9 de Gálatas 6.
En segundo lugar, nos exhorta a hacer el bien a todos. Esto incluye a tu vecino, a tu amigo e incluso a tu enemigo.
Es fácil amar y hacer el bien a quien nos bendice. Pero es mucho más loable, y además es un mandato divino, hacerlo con quien nos maldice, nos insulta y nos persigue (Mateo 5:44).
A nosotros no nos corresponde cobrar venganza ni tomar represalias. Ese es un privilegio que solo le pertenece a Dios. La Escritura dice: «Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor» (Romanos 12:19). Cuando nos vengamos, usurpamos el lugar del Creador. Lo que a nosotros nos corresponde es perdonar, amar a quien nos hace mal y hacer el bien a todos, sin distinción.
Pero principalmente a los que son de la fe: los creyentes, aquellos que han lavado sus pecados en la sangre de Cristo.
Ellos ocupan un lugar especial en el corazón de Dios. Son sus hijos y, por estar unidos a Jesús mediante la fe, son profundamente amados. Por eso, el Padre ha prometido bendecir a los que los bendicen y maldecir a los que los maldicen (Génesis 12:3).
Mi estimado lector, si tú, al igual que yo, has puesto tu fe y esperanza solamente en el Hijo para la salvación de tu alma, entonces somos parte de esa «familia de la fe». Y debemos sentirnos cuidados y protegidos por la promesa de Dios de «bendecir a los que nos bendicen y maldecir a los que nos maldicen» (Génesis 12:3).
También debemos sentir la necesidad imperiosa de obedecer a Dios y no tomar venganza, sino hacer el bien a todos, incluso a quienes nos hacen daño.
Si nos esforzamos en hacer esto, cuando regrese el Señor segaremos el resultado de nuestra obra. Esto no habla de la salvación, porque esta es solamente por la fe en Cristo. Habla de la recompensa por nuestro trabajo y esfuerzo.
¡Que Dios nos ayude!
Edward Andrés Díaz Reina
Comunicador Social y periodista
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