“Devuelvan los hijos a las madres, los padres a los hogares, los sueños a la tierra”.
Por. José Álvaro Cardozo Salas.
Hace poco llegó a mis manos una carta del arzobispo de Nápoles en Italia, Monseñor Doménico Battaglia llamado “Don Mimmo”, dirigida a los mercaderes de la muerte y he tomado algunos de sus más notables párrafos para referirme a esta realidad tan dura; no solo en Colombia, donde al parecer ya nos “acostumbramos” a la muerte en todas sus manifestaciones, si no en el mundo entero, y hacer énfasis a los mas crueles sufrimientos de la humanidad, a mi juicio “El aborto y la eutanasia” son los que mas ofenden a Dios.
Les escribo mientras el mundo parece haber aprendido de nuevo el lenguaje de Cain. Ese lenguaje antiguo y terrible que pregunta: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? Y, sin embargo, si lo somos, lo somos todos. Y ustedes, mas que otros, porque han elegido no solo apartar la mirada, sino obtener ganancia de la herida del hermano. Hay noches, en este tiempo, en las que la humanidad parece perderse. Noches largas, en las que el cielo no consuela y la tierra devuelve solo ruinas. Y, sin embargo, precisamente allí, en el corazón de la noche, el evangelio sigue insistiendo. Sigue diciendo que ningún hombre ha nacido para ser un blanco. Que ningún niño tiene como destino el polvo. Que ninguna madre debería aprender a reconocer a su hijo por un pedazo de tela. Que la paz no es una debilidad que deba ser ridiculizada, sino la forma mas alta de la fuerza.
Ustedes hacen lo contario del pan. El pan se parte para alimentar. Las armas parten los cuerpos para hambrear el futuro. El pan reúne a los hombres en la mesa. Las armas cavan fosas, vacían casas, alargan mesas sin comensales. El pan tiene el aroma de las manos. Las armas tienen el frio olor de los balances.
Y díganme ¿Cómo lo hacen?, ¿Cómo logran dormir sabiendo que detrás de cada contrato hay una carne abierta? Que detrás de cada firma hay una escuela vaciada, un hospital derribado, un rostro borrado. ¿Cómo logran llamar “mercado” algo, que, ante Dios, tiene el nombre más simple y terrible: pecado?
Apuestan por las fronteras, por los rencores, por las escaladas de violencia. Y entretanto llaman paz al miedo, llaman orden al dominio, llaman seguridad a la amenaza permanente. Pero no hay seguridad donde se siembra la muerte. No hay futuro donde se educa a los jóvenes en la sospecha. No hay justicia si la riqueza de unos pocos se funda sobre el luto de muchos, y no habrá paz mientras la guerra siga siendo una inversión aceptable.
El evangelio, en cambio, no negocia.
El evangelio no bendice las industrias de la destrucción.
El evangelio no se acostumbra a los muertos.
El evangelio no soporta que el dolor se vuelva estadística, ni que las masacres se consuman dentro del comentario cansado de un noticiero.
El evangelio pone a un niño en el centro siempre. El mundo necesita manos que levanten, no manos que armen. Necesita conciencias despiertas, no beneficios ciegos. Necesita profetas, no mercaderes. Y nosotros, iglesia del evangelio, no callaremos. No por ideología, sino por fidelidad. No por ingenuidad, sino por obediencia a Cristo. No porque ignoremos la complejidad de la historia, sino porque conocemos el valor infinito de cada vida.
A ustedes mercaderes de la muerte les pido que devuelvan el aliento. Devuelvan los hijos a las madres, los padres a los hogares, los sueños a la tierra. Devuélvanse a su propia humanidad. La paz los juzgará. Pero, si lo quieren, la paz todavía puede salvarlos. Con dolor, con esperanza, con el evangelio entre las manos.
¿Y ahora que has leído esta reflexión, cual es el compromiso, cual es la misión? No podemos seguir indolentes ante esta terrible realidad.
Pido perdón a mi hijos y nietos, por no a ver hecho nada por evitarlo, ahora que ya estoy en los años maduros (viejo) tengo la oportunidad así sea tarde; de hacer algo, al menos gritarlo en estas líneas, predicándolo en donde quiera que me escuchen, y finalmente y de rodillas frente al Santísimo, a la Hostia santa, así se nos haya hecho tarde, ya que la oscura noche se nos vino encima, ¡Que Dios nos perdone ¡