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Cohabitamos bajo el cuidado

No por azar, ni por fuerza propia, sino porque alguien decidió no abandonarlos.

Wendy Nagely Camacho Prada

Olvidamos con demasiada facilidad que la solidaridad y el esfuerzo colectivo no son valores contemporáneos, ni consignas morales o teorías aprendidas en la escuela, sino inclinaciones naturales que nos han acompañado desde el origen de la humanidad. Mucho antes de los sistemas políticos, de las teorías sociales o de la tecnología del siglo XXI que hoy redefine nuestras relaciones, ya existía algo esencial: el impulso de cuidar al otro.

La arqueología lo ha mostrado con una contundencia silenciosa. Restos humanos de hace doscientos años evidencian que individuos con graves limitaciones físicas lograron sobrevivir en entornos hostiles. No por azar, ni por fuerza propia, sino porque alguien decidió no abandonarlos. Ese gesto inscrito en la sencillez cuestiona una idea que aún hoy persiste: que la vida es una competencia donde solo prevalecen los más fuertes o quienes gozan de gran poder en sus manos. En realidad, lo que nos ha permitido permanecer como especie ha sido algo mucho más complejo: la capacidad de adaptarnos como plantea Charles Darwin en su teoría de la selección natural, sí, pero también de cuidarnos mutuamente, brindarnos compañía, ser apoyo significativo para quienes caminan por sendas pedregosas.

En la actualidad, donde la inteligencia artificial, la hiperconectividad y las dinámicas digitales globales transforman nuestras maneras de interacción, parecería que el concepto de comunidad se debilita. La comunicación es constante, pero no siempre profunda, clara y a tiempo; estamos más expuestos, pero no necesariamente más vinculados. A esto se suma una tendencia creciente hacia el individualismo, el narcisismo y cierta desconexión emocional que, poco a poco, erosiona el tejido social.

Sin embargo, la historia y la prehistoria nos recuerdan otra cosa. Que el cuidado no es una opción, sino una necesidad. Que la alteridad, es decir, el reconocimiento del otro en su diferencia, no es una idea abstracta, sino una práctica que ha sostenido la vida desde sus inicios, al interrelacionar dos preguntas: ¿quién es mi otro? ¿quién es igual a mí?, de ahí que el autoconocimiento sea indispensable. Que la solidaridad no es un gesto exclusivo, sino una forma de coexistir con el otro, de fortalecer los ecosistemas en que nos desarrollamos, de permitir la construcción de sociedades más empáticas.

Pensar en comunidad hoy implica más que cohabitar: exige reconstruir vínculos, comprender las diferencias y asumir que el bienestar no es individual, sino colectivo. Tal vez por eso resulta urgente recuperar una noción antigua y profundamente humana: la koinonía, palabra que proviene del griego κοινωνία la cual simboliza la comunión como concepto teológico, relación significativa, el acto de estar con otros desde la contribución mutua.

Pensar y repensarnos en conjunto con las diferencias de cada individuo es pensar en solidaridad, aceptarnos y comprendernos, crear tejido social, koinonía.

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