La esclavitud que pocos logran ver
Edward Andrés Díaz Reina
Vivimos en una época donde la libertad se ha convertido en uno de los valores más exaltados. Se nos enseña que ser libres significa hacer lo que queremos, seguir nuestros impulsos y decidir sin restricciones. Mientras más autonomía creemos tener, más convencidos estamos de que somos verdaderamente libres. Pero ¿y si esa idea de libertad fuera incompleta? ¿Y si muchas de las decisiones que consideramos propias estuvieran, en realidad, condicionadas por fuerzas que no vemos?
Hace siglos, el apóstol Pablo planteó una verdad que sigue siendo incómoda para nuestra cultura: es posible sentirse libre y, al mismo tiempo, vivir en esclavitud. Sus palabras a los gálatas no solo enfrentaron a quienes las escucharon por primera vez, sino que siguen cuestionándonos hoy. Nos invitan a examinar si la libertad que defendemos es real o simplemente una ilusión cuidadosamente disfrazada.
“Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud” (Gálatas 5:1).
¿De cuál libertad habla Pablo? El diccionario define la libertad como la facultad de pensar, actuar y tomar decisiones según la propia voluntad y conciencia. Sin embargo, los gálatas, destinatarios originales de la carta, no eran verdaderamente libres. Pasaron de estar sujetos a las pasiones de su carne y a las prácticas de sus religiones paganas, a experimentar la libertad en Cristo, para luego volver a caer en la esclavitud de la ley de Moisés.
En resumen, eran esclavos, fueron liberados por Cristo y después volvieron a someterse, aunque esta vez a un amo diferente.
Visto desde afuera, parece insensato lo que hicieron, porque ¿quién en su sano juicio abrazaría la esclavitud en lugar de la libertad? Sin embargo, todos hacemos lo mismo. Con frecuencia abrazamos más la esclavitud que la libertad que Cristo nos ofrece.
Desde la caída de Adán, el ser humano no es verdaderamente libre. Su libre albedrío y su voluntad están condicionados por una naturaleza caída que se inclina con frecuencia hacia el mal.
Si piensas que eres libre, estás equivocado. Aunque nadie te obligue externamente a hacer algo, muchas de tus decisiones son el resultado de una voluntad sometida al pecado. Y aquello que haces, a lo cual con rebeldía llamas libertad, es, en realidad, la mayor evidencia de tu esclavitud.
Solo Cristo, por medio del Espíritu Santo, puede hacernos verdaderamente libres. Los gálatas habían experimentado esa libertad por medio de Jesús, pero estaban esclavizándose nuevamente, tal como nos sucede a nosotros cuando cedemos a los deseos pecaminosos de nuestra carne. Sin embargo, el Padre, en su amor, por medio de Pablo, los invita a permanecer firmes en la libertad y a no volver a someterse al yugo de esclavitud.
De la misma manera, Dios hace hoy con nosotros al recordarnos este pasaje de Gálatas. Nos llama a luchar contra el pecado como hombres y mujeres libres, liberados por el Hijo, y no a rendirnos como esclavos.
No es una tarea fácil, pero con la ayuda del Espíritu Santo es posible. ¡Que Dios nos ayude!
Edward Andrés Díaz Reina
Comunicador Social y periodista
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