Hay cargas que nadie puede ver, pero que pueden pesar mucho más que cualquier problema externo.
Edward Andrés Díaz Reina
Hace 10 años, en mi antigua iglesia, hicimos una jornada de evangelización entre habitantes de calle. Las historias que escuchamos no eran fáciles. Una amiga, en particular, quedó muy afectada por la historia y la situación de una vendedora ambulante.
Mi consejo —un mal consejo— fue: «No te cargues con eso». Sin embargo, la Biblia nos manda a hacer precisamente lo contrario:
«Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo».
Gálatas 6:2
Me he arrepentido de aquel consejo durante todos estos años.
Pero ¿a qué llama Pablo «carga»?
Nosotros solemos llamar cargas a las enfermedades, las situaciones difíciles, los conflictos y, en general, a las circunstancias dolorosas de la vida. Ciertamente, todas ellas pueden representar una carga. Sin embargo, por el contexto en el que Pablo está hablando, parece referirse especialmente a otra clase de carga.
Desde el capítulo 5, Pablo ha invitado a los creyentes a andar en el Espíritu y a no satisfacer los deseos de la carne. Y en el primer versículo del capítulo 6 enfatiza la responsabilidad de restaurar al hermano que ha caído en pecado:
«Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre.»
Gálatas 6:1
Por eso, en este contexto, la carga está relacionada con las luchas que cada creyente enfrenta contra el pecado: las tentaciones, las debilidades y las inclinaciones de la carne.
Porque la carga más grande que lleva un creyente no es el problema inmediato que tiene, sino el pecado con el que lucha frecuentemente; ese que a pesar de los años no ha podido vencer.
Mi estimado lector, si tu pecado no representa una de tus mayores cargas, deberías preguntarte si realmente estás luchando contra la maldad que hay en tu interior. O quizá todavía no has comprendido la gravedad de tu condición delante de Dios y sigues muerto en tus delitos y pecados.
Pero no solo debes lidiar con tu propia maldad.
Como creyente, estas llamado a ayudar a tus hermanos en sus luchas contra el pecado y la tentación. Hacerlo es una expresión de amor y un cumplimiento de la ley de Cristo, que dice:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Gálatas 5:14
Una forma de poner en práctica esta ley es orar por el otro, para que sea fortalecido frente a la tentación. Otra es ayudarlo de manera práctica, con acciones concretas que le permitan evitar aquellas situaciones en las que suele ser tentado.
Sobrellevar las cargas de los hermanos no significa aprobar su pecado ni ignorarlo. Tampoco significa cargar con ellos para siempre sin ayudarles a cambiar.
Significa acercarnos con amor, mansedumbre y verdad; ayudar al hermano que está luchando, restaurarlo cuando cae y acompañarlo en el camino hacia la libertad.
Porque cumplir la ley de Cristo no consiste solamente en hablar de amor.
También consiste en cargar con el hermano que está luchando.
Edward Andrés Díaz Reina
Comunicador Social y periodista
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