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Cuando Dios deja de ser distante y se vuelve Padre

El privilegio de los adoptados por la fe

Edward Andrés Díaz Reina

Hay verdades del evangelio que no solo transforman nuestra manera de creer, sino también nuestra forma de relacionarnos con Dios. Una de ellas revela el nivel de cercanía al que somos llamados y el privilegio que solo pertenece a quienes están en Cristo. No es un lenguaje religioso vacío, sino una realidad profundamente personal.

Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! (Gálatas 4:6)

Este es un privilegio del cual solo gozamos aquellos que hemos sido adoptados como hijos de Dios, únicamente por la fe en Cristo y en su obra. No es el resultado del esfuerzo humano ni de méritos personales, sino de la gracia soberana de Dios manifestada en su Hijo.

Mi estimado lector, si tu fe no está puesta en Jesús como tu único y suficiente Salvador e intercesor delante de Dios, y si no estás unido al Hijo de tal forma que es como si estuvieras revestido de Él (Gálatas 3:27), entonces no posees este privilegio.

¿De qué privilegio hablamos? Del privilegio de tener una relación íntima y cercana con Dios.

La palabra Abba, usada por el apóstol en el pasaje citado, pertenecía al idioma arameo y se empleaba para decir “papá”. Tenía una connotación profundamente íntima, familiar y cercana. No era una expresión fría ni distante, sino el lenguaje propio de una relación de confianza.

Jesús, de manera disruptiva para su contexto religioso, usó esta palabra para referirse al Padre (Marcos 14:36). Con ello comunicaba el tipo de relación y el grado de intimidad que existía entre el Padre y el Hijo. Ahora, Pablo nos dice que nosotros, los creyentes unidos a Cristo, al ser adoptados como hijos de Dios (Gálatas 4:5), disfrutamos con el Padre del mismo grado de intimidad y cercanía del que gozaba Cristo.

Pero si tu fe no está puesta en Cristo, no tienes este privilegio; es más, ni siquiera tienes a Dios como Padre.

La buena noticia es que este acceso no está cerrado, sino ofrecido en Cristo. La invitación sigue en pie: venir a Él por la fe y recibir no solo perdón, sino una nueva identidad como hijos amados que pueden clamar, con plena confianza, “Abba, Padre”


Comunicador Social y periodista
En Facebook: Edward Diaz
En Twitter: @edwar199
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