Una reflexión sobre el peligro de apartarnos del evangelio y confiar en nuestras propias obras.
Edward Andrés Díaz Reina
En la vida cristiana, es común comenzar con un gozo profundo y una entrega sincera al evangelio, pero con el paso del tiempo ese fervor puede debilitarse si no permanecemos firmes en la fe. El siguiente pasaje nos invita a reflexionar sobre ese primer amor, recordándonos cómo fuimos transformados al inicio y confrontándonos con la realidad de nuestro estado actual.
Pues vosotros sabéis que, a causa de una enfermedad del cuerpo, os anuncié el evangelio al principio; y no me despreciasteis ni me desechasteis por la prueba que tenía en mi cuerpo; antes bien, me recibisteis como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús. ¿Dónde, pues, está esa satisfacción que experimentabais? Porque os doy testimonio de que, si hubieseis podido, os hubierais sacado vuestros propios ojos para dármelos (Gálatas 4:13-15).
En estos pasajes, Pablo les recuerda a los gálatas el gozo con el cual recibieron el evangelio. Fue tan grande el avivamiento en sus corazones que no les importó la enfermedad que él cargaba en su carne.
¿Qué enfermedad? No lo sabemos. Hay muchas conjeturas respecto a cuál era, pero ninguna tiene bases sólidas. Sin embargo, para que puedas comprender lo que el escritor de la carta quiere comunicar, imagina una enfermedad difícil de ver que genere en ti una reacción de repudio. Algo similar debió tener el apóstol, para que los hermanos de Galacia se sintieran tentados a despreciarlo.
Sin embargo, el derramamiento del Espíritu Santo fue tan fuerte que la condición despreciable de Pablo no impidió que las iglesias de Galacia recibieran con gozo el evangelio. Por eso él dice: “me recibisteis como a un ángel” (Gálatas 4:14); es más, me recibisteis como “Cristo Jesús”. El Espíritu de Dios descendió con tal poder que los gálatas pudieron ver a Cristo en Pablo y en su evangelio, de modo que, sin importar la condición despreciable que este tenía, lo trataron como al Señor.
Por eso, en el versículo 15 del pasaje citado, Pablo, al saber que los gálatas habían rechazado a Cristo por la ley de las obras, les pregunta: ¿Qué les pasó? “¿Dónde, pues, está esa satisfacción que experimentabais?” (Gálatas 4:15). ¿Dónde quedó el gozo que tuvieron y el amor por Cristo y el evangelio?
Así también nos pasa a nosotros. Recibimos con gozo el evangelio cuando nos convertimos de nuestros ídolos a Dios; es decir, cuando dejamos de confiar en nuestras obras, o en las de los santos, y creímos que la sangre de Jesús y sus obras son suficientes para nuestra salvación.
Pero ahora, con frecuencia, pecamos; dejamos de orar, de leer las Escrituras, nos enredamos en el trasegar de la vida y constantemente nos olvidamos de Dios. Es más, no le creemos y tampoco luchamos contra nuestros pecados. Lentamente, nos hemos dejado vencer por las inclinaciones perversas de nuestra carne y de nuestro corazón.
Sí, leíste bien: tu corazón y el mío son malos(Jeremías 17:9); sus deseos se oponen a Dios, y lentamente tú y yo, mi estimado lector, nos hemos dejado arrastrar por ellos, negando de esa forma a Dios Padre y a Jesús, nuestro Redentor; tal como lo hicieron los hermanos de Galacia al abrazar la salvación por obras.
Que el Espíritu Santo nos ayude a recuperar el gozo que teníamos al principio. Porque el gozo del Señor nos lleva a desprendernos de las inclinaciones malvadas de nuestro corazón, de nuestra carne y de nosotros mismos en todo sentido. Que podamos ser como los hermanos de Galacia cuando recibieron el evangelio, quienes, por amor a Cristo y por la obra del Espíritu Santo en ellos, estuvieron dispuestos a desprenderse hasta de sus propios ojos (Gálatas 4:15) para dárselos a Pablo, y así servir a Dios.
¡Que Dios nos ayude!
Edward Andrés Díaz Reina
Comunicador Social y periodista
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