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El propósito oculto de la ley de Dios

Comprender por qué la ley no fue hecha para salvarnos, sino para guiarnos hacia Cristo.

Edward Andrés Díaz Reina

A muchas personas les resulta difícil entender qué lugar ocupa la “ley de Dios” en la fe cristiana. Algunos piensan que la fe consiste principalmente en seguir reglas, y otros creen que Dios exige una lista interminable de obras para aceptarnos. Sin embargo, la Biblia presenta una visión muy distinta: la ley no fue dada para salvarnos, sino para mostrarnos nuestra necesidad de alguien que sí pudiera hacerlo. El siguiente pasaje del apóstol Pablo nos ayuda a comprender este propósito.

“De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo” (Gálatas 3:24-25).

Comúnmente se dice que la ley de Dios era una maestra, pero esa interpretación no es del todo precisa. El apóstol Pablo explica en este pasaje que la ley era un “ayo”.
 En el idioma original, la palabra traducida como “ayo” es paidagōgós, que significa pedagogo.

En la época del apóstol Pablo, los pedagogos no eran maestros como los entendemos hoy. Eran hombres, generalmente esclavos, encargados de la tutela de los hijos de su amo. Aunque no enseñaban materias, ellos acompañaban, guiaban y disciplinaban. Esa última función era la más importante. Eran demasiado estrictos.

Por lo tanto, Pablo está diciendo que la ley era el pedagogo de Dios: el siervo que el Señor utilizaba para disciplinar y conducir al pueblo.

El trabajo del pedagogo no duraba para siempre. Terminaba cuando el niño crecía y podía gobernarse a sí mismo. Y mientras los niños estaban bajo su cuidado, anhelaban el día en que serían liberados de esa tutela, por la rudeza con la cuál se aplicaba la disciplina.

De la misma manera, la función de la ley tampoco era eterna. Su propósito tenía un punto final: la llegada del Mesías. Pero mientras ese momento no llegaba, el pueblo debía anhelar el día en que la obra poderosa de Cristo los libraría.

Lamentablemente, el corazón endurecido de muchos en Israel no les permitió reconocer al Mesías cuando vino, y por eso permanecen bajo el peso de la ley.

Pero quienes hemos creído en Cristo hemos sido justificados por la fe; por lo tanto, ya no estamos bajo la tutela del pedagogo de Dios.

Esto significa que nuestra salvación no depende de nuestras obras ni de las prácticas que exigía la ley. Nuestra salvación depende únicamente de la muerte y resurrección de Cristo.

Estar libres de la ley no quiere decir que podamos vivir como queramos. Cuando el niño crecía y dejaba al pedagogo, comenzaba a comportarse correctamente por sí mismo, sin castigos ni vigilancia constante.

De igual manera, nosotros, que ya no estamos bajo la ley, somos guiados por el Espíritu Santo que obra en nuestro corazón. Él nos lleva a vivir de acuerdo con lo que Dios estableció en su Palabra: una vida de santidad.

En conclusión, estimado lector, no estás obligado a cumplir la ley como un medio para agradar a Dios, ni estás llamado a realizar buenas obras para ganarte su aceptación. Hay religiones que ponen el énfasis en las obras, pero la Biblia enseña algo distinto.

Todo lo que necesitas para ser salvo y agradar a Dios es a Cristo. Cuando vienes a Él por la fe, el Espíritu Santo transforma tu vida y te conduce a vivir de la manera que Dios desea, para gloria y honra de su nombre.

¡Que Dios te guíe y te ayude!

Edward Andrés Díaz Reina
Comunicador Social y periodista
En Facebook: Edward Diaz
En Twitter: @edwar199
Blog: edwarddiaz199.wordpress.com
En Linkedin: https://co.linkedin.com/in/edward-andrés-díaz-reina-2858244a

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