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El único orgullo que puede cambiar tu vida

Más allá del aplauso y la aprobación de los hombres.

Todos buscamos algo de lo cual sentirnos orgullosos, pero no todo aquello en lo que ponemos nuestra confianza puede llenar el corazón. Pablo encontró en la cruz de Cristo el motivo más grande de su vida, por encima del reconocimiento y la aprobación de los hombres. ¿Dónde está puesto hoy nuestro orgullo y qué ocupa realmente el primer lugar en nuestro corazón?

«Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo.» Gálatas 6:14

En el contexto de este pasaje, el apóstol Pablo está advirtiendo a los gálatas sobre los verdaderos motivos de quienes los estaban induciendo a la circuncisión.

Deja claro que ellos no lo hacían por amor a Dios ni por obedecer la ley de Moisés. Lo hacían por amor a sí mismos: para evitar la persecución y ganarse el favor de los judíos. Por eso, delante de ellos, se gloriaban de los prosélitos que habían hecho entre los gálatas (Gálatas 6:12-13).

Pero Pablo, apóstol de Jesucristo, no por voluntad de hombres, sino de Dios, no se deleitaba en los aplausos de los hombres ni buscaba ganar su favor. Su deleite estaba en la bendita cruz de Cristo. Por eso dice: «Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gálatas 6:14).

El amor y la gracia redentora del Padre, expresados en la cruz de su Hijo, eran el orgullo y el gozo más grande del apóstol. Sufrió persecución y, eventualmente, la muerte, pero eso no le importó.

Nada importaba; nada tenía tanto valor como la misericordia y el amor redentor del Padre manifestados en los sufrimientos y en la cruenta muerte de Jesús. Por eso, se consideraba muerto para el mundo y al mundo muerto para él (Gálatas 6:14).

En otro pasaje llegó a decir que todo lo que en algún momento había considerado como valioso, ahora lo tenía por basura a causa del incomparable y perfecto amor de Jesucristo (Filipenses 3:7-8).

Para el apóstol, una vida sin el amor y la misericordia de Cristo no tenía sentido. Y tenía razón. La vida sin el Salvador es vacía, amarga, frustrante y desalentadora. Pero quien vive para el Hijo, como Pablo, tiene motivos para estar alegre y gozoso todos los días, sin importar las dificultades o las persecuciones que tenga que sufrir por causa del evangelio, porque el amor del Padre manifestado en la cruz le infunde aliento y esperanza.

Mi estimado lector, ¿te deleitas y te glorías solamente en la cruz de Cristo, al igual que Pablo? ¿O, como los judaizantes, buscas con frecuencia el aplauso, las alabanzas y el favor de los hombres?

Que Dios te ayude y que Cristo sea tu deleite y tu gloria.

Claro. Para esta columna, siguiendo el criterio que estamos manejando: sin nombrar al columnista y sin invitar directamente a leer, sino generando interés para abrir el enlace.

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