Lo que el hombre persigue debajo del sol y lo que solo Dios puede dar
Edward Andrés Díaz Reina
Vivimos en una cultura que invita a las personas a dedicar su vida al éxito, a la riqueza, a los logros personales o a la búsqueda del placer, creyendo que allí encontrarán la verdadera realización. Sin embargo, el ser humano descubre tarde o temprano que todo lo que se persigue únicamente bajo el sol —es decir, dentro de los límites de esta vida terrenal— termina desvaneciéndose. Ese mismo sentimiento es el que expresa el libro de Eclesiastés, donde el Rey Salomón, después de probarlo todo, llega a una profunda conclusión sobre el verdadero sentido de la vida.
“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece” (Eclesiastés 1:2-4).
El libro de Eclesiastés es el más filosófico de toda la Biblia. Fue escrito por el Rey Salomón en una etapa madura de su vida, después de haberse deleitado en los placeres, haber adquirido gran conocimiento y haber acumulado inmensa riqueza. Fue un hombre próspero en todo lo que emprendió debajo del sol, pero al recorrer retrospectivamente sus días comprendió que aquello a lo que dedicó sus fuerzas, y a lo que la mayoría de las personas se aferran, es solo “vanidad y aflicción de espíritu”, es decir, un sin sentido.
Todo por lo cual trabajamos en este mundo es pasajero. Está marcado por frustración, cansancio y placeres momentáneos que se desvanecen. Nada es duradero, nada produce beneficios eternos. Por eso la Escritura dice: “Generación va y generación viene” (Eclesiastés 1:4), recordándonos que todo pasa y que nada permanece para siempre.
Entonces, ¿cuál es el verdadero provecho que obtiene el hombre de todo su esfuerzo debajo del sol? La respuesta es: ninguno que sea eterno. Tal vez placeres fugaces, o a veces solo desilusión. El campesino trabaja arduamente su tierra, pero un mal clima puede arruinar la cosecha. Un hombre se dedica a su familia, pero la esposa fallece y los hijos se van. Otro se entrega a acumular riquezas, pero un giro inesperado lo deja en la ruina, o bien muere y nada puede llevar consigo, pues “desnudos salimos del vientre de nuestra madre, y desnudos volveremos allá” (Job 1:21), y su herencia suele quedar para quien no trabajó por ella (Eclesiastés 2:21).
Por todo esto, el autor concluye a lo largo del libro: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Eclesiastés 1:2).
No tiene sentido entregar el corazón y la vida a lo que es temporal y limitado. Aunque debemos trabajar, esforzarnos y cuidar a nuestra familia como responsabilidad terrenal. El problema no es el trabajo, sino convertirlo en el propósito final de la vida.
La verdadera conclusión del Predicador es clara: “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Eclesiastés 12:13). Lo único que tiene valor eterno es vivir para Dios, obedecerlo y caminar en Su voluntad. Todo lo demás se desvanece.
Por eso, estimado lector, reconcíliate con Dios por medio de Jesucristo (2 Corintios 5:20) y dedica tu vida a tu Creador. No inviertas tus años solo en lo pasajero, cuando puedes sembrar en lo eterno. Solo Cristo le da verdadero propósito, peso y significado a la existencia.
Edward Andrés Díaz Reina
Comunicador Social y periodista
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