“Práctica los actos de esperanza. Sal de ti mismo y entra en mi”. (Jesús).
Por. José Álvaro Cardozo Salas.
El y yo, es el título de un maravilloso libro que como buen adorador no falta a la hora de ir a la capilla, o en la mesa de noche, un parrafito antes de dormir, El y yo fué escrito por una mujer, Gabriela Bossis (Nacida en Nantes, 1874) pronto destacó por su inteligencia y su talento en bordado, pintura, escultura y música. Eligió una vida secular y célibe, y sirvió como enfermera en la Primera Guerra Mundial. Desde 1923, fue una exitosa dramaturga, directora y actriz. El y yo recoge la oración contemplativa de Gabriela Bossis, una conversación centrada en el amor incondicional de Dios, la filiación divina, la santidad en la vida ordinaria y la búsqueda de unión con Jesucristo. Son anotaciones escritas entre 1936 y 1950, en un francés de alta calidad, sencillas en su estructura. Fueron publicadas inicialmente de manera anónima, dos años antes de su muerte, y desde el primer momento gozaron de enorme éxito entre los lectores.
El texto ha sido publicado en varios idiomas, a menudo parcialmente, y se hacía necesaria una nueva traducción del texto original que pusiera al alcance de los lectores el formidable patrimonio espiritual completo de esta mujer corriente, laica y de notable talento artístico. Su proceso de beatificación está actualmente en curso.
Conocí de Gabriela en un retiro de semana en el Foyer de Charite de Zipaquira, cuando iba por una vez al año hacer mi retiro espiritual, en silencio, fué mi primer re encuentro de amor íntimo con Jesús, en las mañanas después del desayuno me sentaba en una de las poltronas que dan frente a un ventanal donde se ve la montaña, con sus matices del verde de la naturaleza que ya mis ojos estan tan acostumbrados por la profesión que ejerzo y que aprendí entre los cultivares de tantos y diversos mares de verde que a diario veo, el Foyer enclavado en esta montaña da al alma un respiro, una paz en el silencio, un silencio que grita y que además es obligatorio, abría las paginas de este libro y de mi corazón, para que el mismo Jesús viniera a mi, sentía tanto su cercanía, su aliento, era un pequeño extasis, para mi solito, luego bajaba a la capilla donde estaba expuesto, y allí era a otro precio, la locura del amor en la sintonía armónica de mi iniciación de este caminar, que muchos de ustedes han evidenciado.
En cierta ocasión salía de la capilla de adoración y de camino a mi cuarto me encontré con una señora muy elegante, ya mayor ella, vestía de negro, supe la última noche del retiro que había ido al Foyer, a vivir su duelo, recién habia fallecido su esposo, cada que la veía me conmovía sus lágrimas, lloraba frente a la hostia santa, sin anguistia ni desespero, como si lo disfrutara, curioso porque siempre que vemos llorar a alguién nos imaginamos que pasan por algún dolor muy grande, pero como era prohíbido hablar, no podía acercarme a consolarla, o preguntarle como podía ayudarle a calmar su dolor, de repente me la encontré de frente, y una voz en mi interior me dijo “abrazala” muy despacio me le acerqué y le dije en tono muy bajo, señora, ¿la puedo abrazar? -Y ella se quedo mirándome muy asombrada-, por favor, he esperado este momento desde que llegue aquí. Fué un abrazo tierno, quizas el mas tierno que he dado en mi vida, ella empezó a llorar de nuevo, pero su llanto se persibía de alegría y gozo, lentamente la solté y sin decirnos nada, cada uno continúo su camino. La noche de los testimonios ella mismo pidío la palabra y contó su experiencia en el retiro, lo de su viudez, el dolor con el que llegó, y como el mismo Jesús le fué guiando durante estos siete días, fué sanando su corazón, llenandólo de esperanza, siguio hablando; una mañana después de salir de la capilla, le dije al Señor, me has hecho tan feliz en estos días, que lo único que falta es que me des un abrazo, y fué así como un señor que esta aquí, de la nada y en voz muy baja me pide que si me puede abrazar, fué el mismo Jesús quien me abrazó, y me hizo sentir tan plena, yo al escuchar su testimonio me levanté desde mi silla y corrí a abrazarla de nuevo.
Hoy les abro mi corazón y les cuento que he recibido tanto amor y gracia de su parte, que me veo en la necesidad de escribirles, de contarles de su entrega, de su ternura, de su fidelidad, si supieran cuanto nos ama, cuanto nos espera, basta que carguemos con lo que tenemos, poco, mucho, incluso nada, como el ladrón clavado en cruz que lo único que tenía era su pecado, y que Santa Teresita del niño Jesús llamaría refireindose a este hecho como; “el caminito corto para llegar al cielo”.
El y yo es apenas un inicio de aprender amar sin límites, él y yo se repite a diario, en los acontecimientos mas inesperados, en la sonrisa de un niño, en un atardecer, en una confesión sincera, en una escucha permanente, Dios mis amigos nunca ha dejado de hablarnos, de mostrarnos su misericordia, de dejarse ver en los hermanos, en el preso, la prostituta, el adúltero o borracho o en estado de drogadicción, en nuestra familia, en todos los momentos de nuestra existencia, como diria Neruda “confieso que he vivido” tambien debo confesarles que he sido amado y de que manera, igual que tú, así que sino has empezado a disfrutar la vida en Cristo, es el momento de hacerlo, déjate amar, déjate consentir, Dios siempre hace nuevas todas las cosas, y que no nos pase como a San Agustín quien escribió su bello poema “Tarde te amé” al reconocernos distantes y lejanos del amor de los amores.