Una historia real sobre la fe, la esperanza y la serenidad que puede surgir incluso en los momentos más difíciles de la vida.
Cuando se acepta la voluntad de Dios con sentimientos de paz y gratitud, todo fluye de manera celestial. El dolor desaparece y la esperanza reconforta el corazón y el Espíritu.
El relato de esta columna es una muestra de que solo Dios tiene la última palabra y que dispone de nosotros de acuerdo con sus designios.
Una amiga mía, muy querida, de aquí de Tunja, a quien conozco hace 30 años aproximadamente, tenía una hermana enferma, con un cáncer terrible. Al entrar en la fase terminal, le dieron el peor de los diagnósticos.
En el hospital cancerológico de Bogotá dijeron que ya medicamente no se podía hacer nada distinto de calmar el dolor, hasta que los medicamentos le hicieran efecto. Según ellos, después de esto, los dolores serían espantosos y debían prepararse para enfrentar el desenlace final. Le sugirieron a la familia llevársela para la casa, asunto que todos aceptaron, con el fin de rodearla de mucho amor.
La mamá, una mujer de fe, de gran amor a la Virgen de Chiquinquirá, sin perder tiempo la preparó llevándole el sacerdote para confesarla, darle la comunión y los santos óleos.
Mi amiga me comentó lo acontecido envuelta en un mar de dolor y de lágrimas, además, muy preocupada por su mamá, ya que su hermana era soltera, sin hijos y vivían las dos en el mismo apartamento.
Con este motivo, yo siempre la acompañaba a orar el santo rosario. Un día le propuse que fuéramos las dos, una madrugada de 1 a 3 a la capilla de adoración perpetua, para entregarle la situación a Jesús Sacramentado. Le pedimos al Señor que, si era su voluntad, se la llevara sin dolores, sin sufrimiento.
Mi amiga viajaba para acompañarlas los viernes en la tarde y regresaba el lunes de madrugada a trabajar.
En el siguiente fin de semana a la oración, el sábado, a eso de las 5 A.M. la enferma dormía en la misma cama con su mamá y dijo tener mucho frío. Le ofrecieron agua de panela caliente, se la tomó, la mamá volvió a abrazarla y cuando despertaron nuevamente, ya el Señor la había llamado a su presencia. Simplemente se quedó dormida. Nadie se dio cuenta, creen que ni ella misma, porque no manifestó nada.
El Señor que es rico en misericordia, escuchó nuestra oración y nada de lo tenebroso anunciado por los médicos se cumplió.
A pesar del dolor, aprendí mucho de la actitud valiente de la mamá, quien dispuso su corazón para entregar a su hija al Señor. La preparó como debe ser, con todos los sacramentos. Amándola a ella hasta el último momento, acompañándola con ese abrazo final lleno de calor y ternura, que seguramente traspasará la eternidad.
Mi amiga ha encontrado en el rosario y en la adoración eucarística, la fuerza que en un momento sintió que se desvanecía. Ahora con más motivos para amar al Señor y a la Santísima Virgen, persevera en la oración, hasta el día de hoy.
Ante la enferma y la familia, me quito el sombrero. Supieron aceptar los pronósticos médicos de dolores tremendos, sufrimientos inimaginables para todos. Sin embargo, agradecieron al señor por su vida y por su muerte. En el amor, el cariño, la solidaridad, la ayuda mutua y el apoyo que se dieron unos con otros, encontraron la salida a esta encrucijada de manera digna, respetando el proceso natural del ciclo de vida, tal como Dios lo desea.
Patricia De La Cruz Ospina.