No eres mejor, has tenido gracia.
Todos podemos caer, incluso en aquellos pecados que hoy nos parecen inconcebibles o imperdonables. Por eso, cuando vemos a un hermano tropezar, nuestra respuesta no debe ser de superioridad, sino de humildad, amor y misericordia. Pablo nos recuerda que nadie tiene razones para sentirse mejor que otro delante de Dios.
“Porque si alguno se cree que es algo, no siendo nada, se engaña
a sí mismo.” Gálatas 6:3
Pablo ha estado enseñando a los gálatas que, si alguno de ellos ve a un hermano en Cristo caer en pecado, el resto de los creyentes tiene el deber de restaurarlo con amor y mansedumbre, orando por él y ayudándolo a luchar contra el pecado.
De esa manera, llevan los unos las cargas de los otros y cumplen la ley de Cristo: “Amaos unos a otros como yo os he amado” (Juan 13:34).
Lo anterior es el deber ser de todo creyente. Lamentablemente, lo que la mayoría hace es compararse con el que ha caído, sentirse superior a él por no haber caído en el mismo pecado y criticarlo ferozmente.
A dichas personas, el apóstol les dice, parafraseando el versículo citado: No se crean mejores, porque no lo son. No se crean algo, porque no son nada. No se crean superiores a su hermano caído, porque son iguales a él.
Mi estimado lector, tú y yo no somos mejores que nadie. Si no hemos caído en pecados escandalosos o despreciables como aquellos en los que otros han caído, es porque la gracia de Cristo, por medio del Espíritu Santo, no lo ha permitido. No porque seamos mejores o más buenos que aquellos que han caído. Es la gracia de Dios.
Pero si Él retirara su gracia de ti o de mí por un solo segundo, caeríamos en maldades y pecados quizá peores que aquellos por los cuales nos hemos escandalizado.
Por eso, mi estimado lector, antes de compararte con el que ha caído, mírate a ti mismo primero. Considera que tú también puedes caer en la misma maldad. Trata con amor a tu hermano y ayúdalo a luchar contra ese pecado. Así cumplirás la ley de Cristo.