“Se un loco de amor, se un santo, chíflate por Cristo, solo para esto sirve la vida”. San Alberto Hurtado.
Por. José Álvaro Cardozo Salas.
Me considero un hombre impaciente, me afanan las cosas por hacer, me preocupo por llegar temprano a una cita, le decía a mi director espiritual en mi última sesión, que lo considero como un gran defecto, pero él me dice “es una gran virtud”, y es que prefiero esperar a que me esperen, tomar la iniciativa es otro de los grandes retos a manejar, querer controlar las cosas, las situaciones, incluso las personas, hace poco escribía sobre eso de controlarlo todo.
Hay aprendizajes que no aparecen en ningún programa de estudios, pero que terminan sosteniendo toda una vida profesional. Uno de ellos es aprender a esperar. Vivimos inmersos en una lógica de inmediatez. Queremos respuestas claras, resultados rápidos, certezas. Nos hemos acostumbrado a pensar que avanzar significa necesariamente hacer algo. Pero la vida real, y muy especialmente la vida de quienes trabajamos en la iglesia se parece poco a ese ideal. Los primeros cristianos tenían una palabra luminosa para hablar de esto: hypomoné. Solemos traducirla como paciencia o perseverancia, pero significa algo más profundo. Es permanecer. Permanecer bajo el peso de una situación sin huir de ella. Sostener la espera sin desfallecer. Y eso mis amigos como dicen popularmente es Pa´ Machos. El relato del profeta Elías en el monte Horeb (1 Reyes 19) siempre me ha parecido conmovedor. Elías espera encontrarse con Dios y todo parece anunciar una manifestación extraordinaria. Llega un viento tan fuerte que quiebra las rocas. Después, un terremoto. Luego, el fuego. Pero el texto repite algo desconcertante: Dios no estaba allí. Finalmente aparece aquello que el hebreo describe como qol demamá daqqá: algo así como «la voz de un silencio tenue». Simone Weil comprendió muy bien esta relación entre espera y atención. Para ella, atender verdaderamente significa vaciarse por un momento de uno mismo para recibir al otro. La atención no invade ni se precipita. Espera. Y esa actitud tiene mucho que decirnos en la vida. Escuchar a una persona también exige suspender por un instante nuestras respuestas preparadas, nuestros algoritmos e incluso nuestra necesidad de resolver.
Carlos de Foucauld llevó esa intuición a su propia vida. Se sintió profundamente atraído por los años ocultos de Jesús en Nazaret: décadas de existencia corriente, sin discursos públicos, sin reconocimiento, sin resultados que mostrar. Comprendió que también allí podía existir una vida plenamente fecunda. Por eso eligió permanecer, incluso cuando los frutos de su propia vocación parecían invisibles.
Hay momentos en que la Medicina puede intervenir y otros en que debe aprender a acompañar. A veces, frente al sufrimiento, no tenemos una solución inmediata. Pero todavía podemos escuchar, mirar, sostener una mano, guardar silencio y permanecer.
En una sociedad obsesionada con la productividad, quedarse puede parecer poco. Sin embargo, quizá algunas de las dimensiones más profundas de la vocación nacen precisamente allí. Porque la confianza, el cuidado y la esperanza no siempre necesitan a alguien que tenga una respuesta. A veces necesitan, simplemente, a alguien que permanezca. Me conmueve ver las personas sufrir frente a algún evento que les cambia la vida, una enfermedad, la muerte, la desolación, perder la esperanza, pero a veces Dios nos permite pasar por esos tragos amargos para mirarlo, entender el amor tan grande y a la vez tan loco por nosotros, si supieran cuanto nos ama. Y ahora entrando en mis mas bellos años de mi vejez, respirando mas tranquilo y viendo todo más claro, van desapareciendo mis ansiedades, disfruto más un café con un amigo, ver los niños jugar, contemplar los atardeceres, caminar descalzo por la arena, visitar los enfermos, los presos, ver su rostro y en el al mismo Cristo, ir a la misa, ver las consagraciones y sentirme atraído cuando lo elevan, a la vista de todos se expone, quisiera ese momento eterno que no acabara, quedarme en el sagrario con él, que nos echen llave y no me dejen salir de ahí. Por eso, sin afán por saber esperar, no se ustedes, pero yo anhelo el mismo cielo, quisiera cerrar esta reflexión con una frase de San Alberto Hurtado, “Sé un loco de amor, sé un santo, chíflate por Cristo, sólo para esto sirve la vida”