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La brújula invisible

¿El pensamiento positivo es una ciencia, un estilo de vida o un movimiento social?

Wendy Nagely Camacho Prada

Recuerdo con claridad cuando, en primer semestre de Ingeniería en Agroecología, nos plantearon aquella frase inicial, reemplazando “pensamiento positivo” por “Agroecología”. Aún hoy resuena con fuerza en mi mente.

¿Cómo influyen los pensamientos en nuestras relaciones, en el éxito, en nuestra manera de comunicarnos y en cómo nos perciben los demás?

Existen corrientes que mencionan la ley de atracción. Esta sostiene que atraemos aquello sobre lo cual pensamos. Vivimos en un campo electromagnético, el planeta Tierra es un cuerpo en masa que se compone de energía todo el tiempo, por lo que transportados al mundo de las relaciones humanas y la psicología, cada vez que pensamos cargamos de vibraciones el campo que nos rodea, dice Maria del Carmen García de la Universidad de Salamanca.

Los pensamientos que tenemos contribuyen a moldear nuestra calidad de vida, lo que hacemos de ella y quiénes somos. Los pensamientos positivos favorecen la seguridad, permiten construir mecanismos duraderos y recuperarnos de forma menos difícil ante la adversidad, actuando como una herramienta de resiliencia que nos transforma en personas más sanas, prósperas y optimistas. Por el contrario, los pensamientos negativos alertan de peligro, intoxican de estrés, bloquean y reducen opciones de respuesta.

Cómo reaccionamos frente a los eventos que nos suceden y cómo los interpretamos y afrontamos, encamina de manera significativa nuestra forma de percibir el mundo.

El hecho de tener propósitos vitales, objetivos realistas, alcanzables, medibles, explorar nuestras habilidades y talentos, agradecer y disfrutar de lo sencillo y magnífico de la cotidianeidad, edifica la respuesta de nuestro organismo en el presente y futuro. Es importante mirar atrás para decantar experiencias, reflexiones y aprendizajes, pero no para vivir en el pasado y alimentar nuestro cerebro de lo que pudo haber sido y no fue.

Sin embargo, esto no quiere decir que no esté bien tener pensamientos negativos, es normal, se vale llorar, sufrir, sentirse insatisfechos o tristes por un momento o un tiempo, pero que estos sentimientos y sensaciones no se tornen en la brújula de nuestra vida. Porque siempre que tengamos la oportunidad de recibir un nuevo día podemos mejorar, somos seres humanos, no robots de exigencia extrema.

El pensamiento positivo y el optimismo son directamente proporcionales, es decir, que si una sucede y crece la otra también o viceversa. Aquí me refiero a éxito, bienestar, felicidad, aun en medio de dificultades o desafíos. Asimismo, el pensamiento negativo y el pesimismo, son directamente proporcionales al fracaso, frustración e insatisfacción con la vida. Estamos frente a dos polos opuestos, nosotros decidimos hacia dónde inclinar la balanza.

Examinar nuestros pensamientos, reconocer cuáles nos construyen y cuáles nos limitan, potenciar unos y transformar otros, quizá sea un ciclo constante de la vida.

Sin embargo, cambiar también implica esperar, ser pacientes, hacer mejoras graduales, tomarnos el tiempo necesario. Sintámonos a gusto con quienes somos y lo que tenemos, pensando siempre en dar un paso adelante.

Merecemos que nos pasen cosas buenas, porque al fin y al cabo, hemos llegado a este planeta a vivir, con los sabores y sinsabores que guarda en los bolsillos.

Carpe diem, quam minimum credula postero.

(“Aprovecha el día y confía lo menos posible en el mañana”).

— Horacio

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