El misterio de estar vestidos de Cristo y ser parte de la promesa
La comunión del creyente con Cristo define su identidad, su herencia y su esperanza. En ella se cumplen las promesas dadas a Abraham y se manifiesta el verdadero pueblo de Dios. Pertenecer a Cristo es participar de su obra y de su gloria.
“Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gálatas 3:29).
En el contexto del pasaje, Pablo afirma que la relación del creyente con Cristo es tan profunda que es como si estuviera vestido de Él (Gálatas 3:27). De esta manera, cuando el Padre mira a quienes viven por la fe, contempla a su Hijo reflejado en ellos; por eso los declara santos y justos.
Esa misma unión hace que en la iglesia no existan las divisiones sociales que había en la época de Pablo (Gálatas 3:28), pues todos están vestidos de Cristo de tal manera que es como si fueran un solo hombre, un solo cuerpo (1 Corintios 12:12), y un solo linaje: el de Abraham.
La comunión con Cristo convierte al creyente en heredero de las promesas hechas al patriarca. Puesto que Jesús es el descendiente anunciado (Gálatas 3:16) y el legítimo heredero de las promesas, quienes están vestidos de Él (Gálatas 3:27) participan también de ese privilegio y reciben el título de hijos de Abraham.
¿A qué promesas se refiere la Escritura?
Primero, a la de formar una nación grande (Génesis 12:2), que se consumará cuando el Señor vuelva en gloria y reúna a todos los redimidos de la historia como una multitud incontable (Apocalipsis 7:9).
También a la de la tierra prometida (Génesis 12:7), que no es Canaán, sino la Nueva Jerusalén, donde entrarán los que están vestidos de Cristo. Los que no confían en sus propios méritos, sino en la justicia obtenida por el Hijo mediante su vida y su muerte.
A la promesa de bendición y protección divina, porque a Abraham y a su descendencia Dios dijo: “Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan” (Génesis 12:3). Con esto queda claro que quien no esté unido a Cristo por la fe no cuenta con el amparo ni con la bendición de Dios. En Romanos, el mismo Pablo dice que a los que no son sus hijos Dios los tiene sueltos (Romanos 1:28).
Finalmente, está la promesa de ser bendición para todas las naciones (Génesis 12:3). Aunque Jesús es el cumplimiento perfecto de esta palabra, pues por Su sacrificio todas las personas pueden limpiar sus pecados en Su sangre, los creyentes, los vestidos de Cristo, al anunciar el evangelio de la gracia, se convierten también en bendición para el mundo.
Ser de Cristo significa participar de la herencia de Abraham y vivir bajo la certeza de las promesas divinas. En Él somos un solo pueblo, con una misma esperanza y un mismo destino. Todo lo que somos y aguardamos descansa en nuestra relación con el Señor.
Edward Andrés Díaz Reina
Comunicador Social y periodista
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