El amor cambia de forma, pero la calidad del vínculo sigue siendo esencial.
Wendy Nagely Camacho Prada
La construcción cultural que se teje sobre el amor lo ha convertido en un mercado con amplia oferta y demanda, aprovechando el Día de San Valentín o el Día del Amor y la Amistad en Colombia, para aumentar la economía de las regiones. Sin embargo, el amor asume distintos roles y transformaciones, en especial cuando se habla de tipos de relaciones: poliamor, parejas abiertas, LAT (Living Apart Together – vivir juntos pero separados) o el amor romántico, por ejemplo.
El sociólogo Zygmunt Bauman utilizó el concepto de amor líquido para describir vínculos cada vez más marcados por la incertidumbre, la fragilidad y la dificultad para sostener compromisos duraderos. Los amores líquidos se han convertido en motivo de orgullo y de independencia. Hay hombres y mujeres que ya no sufren por amor, a ellos les satisfacen las gratificaciones instantáneas y a corto plazo.
La cultura popular ofrece distintas maneras de representar la respuesta al desamor, como dice la canción de Shakira “Las mujeres ya no lloran las mujeres facturan” o el equivalente masculino “No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey” en letra de José Alfredo Jiménez.
Sin embargo, cada uno percibe el amor de manera diferente en su vida. El ser humano busca de forma natural el vínculo. Hay quienes aún esperan el amor romántico que implica etapas para conocerse, paciencia, dedicación, voluntad para mantener el compromiso y disposición para cuidar los pequeños detalles.
El amor como acto de voluntad debe generar estabilidad emocional, paz y progreso de manera conjunta, fortaleciendo el vínculo a través del cuidado, el respeto, el diálogo. Existen panoramas en los que se siente incertidumbre todo el tiempo, los proyectos comienzan a decaer y la autoestima es tan baja, que se depende de la aprobación del otro para todo, por eso se recomienda no quemar las etapas, ya que todos mostramos nuestra mejor cara a alguien que nos atrae, la belleza nos ciega. Pero más allá de los aspectos físicos, la verdadera belleza se instala en la armonía de las cualidades y la coherencia entre lo que se siente, se dice y se hace.
“Nadie se baña dos veces en el mismo río”, un conocido aforismo del filósofo griego Heráclito de Éfeso, puede brindar luces sobre el amor: nunca es el mismo, debe reinventarse incluso en la cotidianidad. Quizás el problema no es la forma que adopta el amor, sino la calidad del vínculo que somos capaces de construir dentro de él.
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