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Monseñor Romero un santo eucarístico.

“Si me matan, resucitaré en el pueblo”

Por. José Álvaro Cardozo Salas.

En el año 1979 estando aun en el colegio, conocí de Monseñor Oscar Romero, un obispo de San Salvador, siempre me cautivaba su vida de hombre y pastor, al pie de su rebaño, leía las noticias del periódico y su lucha contra las injusticias de su pueblo, pero monseñor tenía un problema delicado, se metió en medio de una confrontación entre el ejército y la guerrilla salvadoreña, y era complicado porque cada vez que se intercedía con uno; el otro grupo lo declaraba enemigo público, hasta que en 1980 un sicario en medio de una eucaristía le quito la vida a bala, que tristeza, sentí esa muerte muy mía, el hecho de estar en una eucaristía y más presidiendo es un signo muy especial, créanme, como el Beato Padre Pedro Ramírez en Armero Colombia mártir también de la eucaristía..

El 14 de octubre se cumplieron ya siete años de la canonización de Monseñor Romero, obispo asesinado en El Salvador mientras celebraba la Eucaristía, un 24 de marzo de 1980. Monseñor fue canonizado ese día por el papa Francisco, pero había sido canonizado antes por el pueblo. Desde el mismo instante de su asesinato, Monseñor Romero fue San Romero de América en el mismo momento de que la bala asesina le quitó la vida. Sus asesinos, a sueldo y auspiciados por el ejército salvadoreño y americano, fueron los que aceleraron su proceso de canonización, sin duda consiguieron algo diferente a lo que pretendían: el ejército salvadoreño y el partido Arena del mayor D’Abuisson pretendían “eliminar” definitivamente al “obispo del pueblo”, pero consiguieron justo lo contrario, que su asesinato fuera el comienzo de una presencia distinta de Monseñor en medio de su pueblo, de su gente, y de su “pobrerío”.

Hicieron realidad las palabras que el  mismo Monseñor había dicho poco antes de ser asesinado: “Si me matan, resucitaré en el pueblo”. Ese pueblo fue el que el santificó, nada más ser asesinado, y el que lo mantiene vivo y resucitado junto a él.

Pero si eso es cierto, es también cierto que el 14 de octubre de 2018 Monseñor Romero fue declarado santo por la Iglesia oficial. Y lo hizo alguien que a mí siempre me recuerda y me recordará a Monseñor: el papa Francisco. Un papa no al uso, sino un papa que ha sabido saltar las mismas barreras que saltó Monseñor. Un papa tan al servicio del pueblo y de la Iglesia de Jesús, que, como me decía siempre “me critican por todo”. Me hubiera gustado ver cómo fue el encuentro entre Romero y Francisco, cuando falleció, me hubiera gustado ver su abrazo fraterno, al lado del Padre. Habría pagado por contemplar como los dos santos se abrazaban y se fundían en ese amor especial ya sin límites, y resucitado totalmente. Hicieron una fiesta en el cielo delante del Dios de la vida que ellos habían predicado y testimoniado. Francisco tuvo la valentía de canonizar oficialmente al “perseguido” Monseñor Romero, y lo hizo sin duda porque ambos coincidían en ver en el pueblo pobre, humilde y necesitado, el rostro del mismo Jesús crucificado y a la vez resucitado. A los ocho años de su canonización Romero y Francisco ya están juntos para siempre, disfrutando de una eternidad merecida e intercediendo de manera especial por el pueblo sencillo y humilde.

Para finales de enero de 2019 tuve que viajar a Honduras, Guatemala y terminar en San Salvador por cuestiones de trabajo, mis dos últimos días eran en este bello país, desde que llegue le pedí el favor a las personas encargadas de moverme por las zonas agrícolas de llevarme a su tumba, ubicada en la catedral de la capital, pero en esos días estaban reparando las vías al centro y la gran mayoría permanecían cerradas, mi vuelo era a las 9 pm, y veníamos para el aeropuerto sobre 2 pm, exclame con mucha tristeza que no me podía ir de San Salvador sin estar en la tumba de este santo, el ingeniero que me acompañaba se ofreció a llevarme en su motoneta, y así esquivando las obras, la maquinaria, los obreros me llevo hasta la misma catedral, baje al sótano y la encontré, la tumba de un santo, “Que bendición” pase de rodillas escasos 10 minutos, pero para mí fue un verdadero regalo del cielo, al salir de su mausoleo, una pequeña capilla de adoración, y un cuadro grande que adorna la antesala de este sitio, de los momentos bellos vividos en esos días, creo que fueron inolvidables, ya ven como el creador tiene detalles para con este siervo inútil. Bendito Dios.

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