Cada caída reciente podría tener un propósito que no quieres aceptar
En ocasiones, el momento en que más claridad tenemos sobre nuestra condición espiritual no es cuando todo está en orden, sino cuando nuestra propia vida deja en evidencia lo que hay dentro de nosotros. Hay situaciones que no llegan por casualidad, sino que exponen con precisión aquello que preferimos no ver. Es incómodo, confrontante y, muchas veces, desconcertante. Pero precisamente ahí comienza una obra más profunda.
“Quisiera estar con vosotros ahora mismo y cambiar de tono, pues estoy perplejo en cuanto a vosotros” (Gálatas 4:20).
Con un corazón pastoral, el apóstol Pablo escribe esta carta a la distancia, como un padre preocupado por sus hijos, o como él mismo los llama, sus “hijitos”. Su lenguaje no es frío ni distante; está cargado de afecto.
Su deseo es que ellos regresen a la fe que han abandonado, aunque para ello tenga que sufrir, como él mismo lo expresa, pero no le importa, su amor es tan grande que está dispuesto a pagar el precio por ellos (Gálatas 4:19).
Pero hay un problema: la distancia. No se sabe con exactitud desde qué ciudad escribió el apóstol, pero es claro que no estaba en Galacia. Y por la manera en que se expresa, parece que no podía ir pronto. Él anhelaba estar presente, cambiar el tono, es decir, ajustar su manera de exhortar, adaptarse mejor a la situación para presentarles nuevamente el evangelio de la salvación en Jesucristo.
Sin embargo, desde lejos, no sabe qué más hacer. Por eso dice: “estoy perplejo en cuanto a vosotros”.
Aunque Pablo no sabía qué hacer, Dios sí sabe. Y muchas veces ocurre lo mismo hoy: nuestros líderes o pastores pueden no saber cómo ayudarnos con ciertos pecados o luchas. No siempre tienen respuestas claras o inmediatas. Pero Dios no está confundido. Él conoce perfectamente lo que sucede en el corazón.
Y eso no es un consuelo ligero. Decir “Dios conoce tu corazón” no debería tranquilizarte superficialmente, sino confrontarte profundamente. Porque la Escritura dice:
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón” (Jeremías 17:9-10).
Dios conoce los rincones más oscuros de tu interior, incluso aquellos de los que tú mismo no eres consciente. Por eso Él sabe cómo tratar con tu pecado, aun cuando otros estén perplejos.
Nada de lo que has vivido es casualidad. Cada situación en la que tu pecado ha salido a la luz ha sido permitida por Dios para que veas tu maldad, pare dejarte sin excusa, para derribar la idea de que puedes salvarte por tus propias obras, y para llevarte al arrepentimiento.
Si has visto aflorar tu pecado, no lo ignores ni lo justifiques. Arrepiéntete delante de Dios. Suplica la ayuda del Espíritu Santo para cambiar. Eso es el verdadero arrepentimiento: no solo reconocer el pecado, sino volver a Dios con un corazón quebrantado y dependiente de su gracia.