PUBLICIDAD POLITICA PAGADA

¿Qué ocurre cuando queremos controlarlo todo?

“El exceso de control interfiere con la fluidez”.

Por. José Alvaro Cardozo Salas.

Vivimos en una época obsesionada con el control. Queremos controlar el futuro, las emociones, los resultados, las relaciones, el cuerpo, el tiempo y hasta la manera en que los demás deberían comportarse. Creemos, equivocadamente, que entre más controlemos, más seguros estaremos. Pero en mi experiencia como misionero he visto una paradoja dolorosa: muchas personas no sufren por falta de control, sino precisamente por exceso de este. Quieren anticiparlo todo. Preverlo todo. Corregirlo todo. Evitar cualquier error, cualquier pérdida, cualquier decepción. Y, sin darse cuenta, convierten su mente en un estado permanente de vigilancia.

La ansiedad, en el fondo, muchas veces no es otra cosa que una guerra contra la incertidumbre. El exceso de control interfiere con la fluidez. Lo que fue entrenado debe ejecutarse con confianza. La vida funciona de manera parecida. No podemos controlar completamente a nuestros hijos, a nuestra pareja, a nuestros amigos, a nuestros alumnos, a nuestros negocios ni a nuestro cuerpo. Mucho menos podemos controlar el tiempo o el futuro. Y, sin embargo, pasamos gran parte de nuestra energía intentando domesticar lo indomable. Controlar puede dar una ilusión momentánea de seguridad, pero rara vez produce paz. La paz aparece cuando desarrollamos algo más difícil: la capacidad de tolerar la incertidumbre sin desmoronarnos. Madurar no consiste en tener todo bajo control. Consiste en aprender a permanecer serenos aun cuando no lo estemos.

Tal vez una de las formas más profundas de salud mental sea esta: saber distinguir entre lo que debemos dirigir y aquello que necesitamos soltar. Durante muchos años fui una persona profundamente controladora. Necesitaba tener respuestas, anticiparme a los problemas, prever escenarios y, de alguna manera, sentir que, si lograba controlar suficientemente bien las variables de mi vida, nada malo podría ocurrir. En el fondo, confundía control con seguridad. Creía que controlar me protegía del dolor, del fracaso y de la incertidumbre. Hasta que la vida, con una dureza que todavía me cuesta poner en palabras, me dio varios golpes que me obligaron a entender algo que nunca había querido aceptar: no todo depende de nosotros. Hay momentos que rompen nuestras estructuras mentales. Situaciones tan duras que derrumban la ilusión de poder que habíamos construido durante años. Eso fue lo que me ocurrió. A las malas entendí que, por más disciplina, preparación, inteligencia o esfuerzo que uno tenga, existen batallas que simplemente no se pueden controlar. Porque hay batallas que se ganan con disciplina. Pero también hay batallas que solo se ganan soltando.

En algunas ocasiones queremos incluso manejar a Dios a nuestro antojo, prometiendo lo incumplible, y chantajeando con cosas, personas o situaciones, el gran fracaso de estos tiempos es olvidar que Dios tiene el control de toda nuestra vida, pero la terquedad de querer hacer y dominar las cosas nos alejan mas de la realidad de la vida. No es fácil tomar decisiones, debo contarles que aun pasados los años, me sigo equivocando una y otra vez, muchas veces penosamente he tenido que devolverme al sitio, lugar o situación donde me perdí, reconocer mi error, pedir perdón y volver a empezar.

Hoy te invito que entregues el manejo de tu vida al gran timonel y que haga de tu vida un don de Dios, que donde quiera que vayas lleves su aroma, su mirada, eso es conversión, eso es madurez, es dejar que la vida gire en torno a nosotros y colocar en el centro al mismo Jesús, como debe ser, solo así podemos encontrar la verdadera felicidad, poder encontrar mas tiempo con el amor, con nuestro hacedor, respirar profundo, encontrar sentido a nuestra vida, y que esta sea la resulta del objetivo de nuestro existir, que no es mas que hacer la voluntad de Dios y ser felices.

Comparte esta noticia:

PUBLICIDAD POLITICA PAGADA