“Una libertad verdaderamente humana no debería exigirnos negar que necesitamos a los demás”.
Por. José Álvaro Cardozo Salas.
Estamos acostumbrados a pensar que ser autónomos significa poder decidir por nosotros mismos, construir un proyecto de vida y no depender de los demás. Sin embargo, hay algo que fácilmente olvidamos: ¿Quién sostiene a quienes sostienen la vida? Alguien nos cuidó, nos alimentó, nos enseñó a hablar, nos acompañó cuando tuvimos miedo y estuvo ahí cuando todavía no podíamos valernos por nosotros mismos. Y esa dependencia no desaparece completamente con la edad adulta. La enfermedad, la discapacidad, la vejez o incluso determinadas circunstancias familiares vuelven a recordarnos que necesitamos de los demás. Por eso, una de las ideas consiste en comprender que la autonomía no nace de la ausencia de vínculos, sino dentro de ellos. Necesitar a otros no disminuye nuestra dignidad. Al contrario, forma parte de la condición humana. El problema aparece cuando una sociedad valora enormemente la independencia, pero deja en segundo plano a quienes hacen posible que esa independencia exista. Aquí entra en escena el cuidado. Una parte importante de aquello que permite que una familia y una sociedad funcionen ocurre lejos de los focos: preparar una comida, acompañar a un niño, escuchar sus preocupaciones, organizar la vida familiar, estar pendiente de una persona enferma o simplemente saber qué necesita cada miembro de la casa. Son tareas que muchas veces pasan desapercibidas precisamente porque forman parte de lo cotidiano.
Durante mucho tiempo, buena parte de ese trabajo ha recaído sobre las mujeres. Y quizá uno de los retos actuales no consiste solamente en reconocer que ese trabajo existe, sino en preguntarnos por qué hemos llegado a considerarlo algo natural que no necesita ser reconocido ni compartido. La maternidad hace especialmente visible esta cuestión. La llegada de un hijo introduce en la vida una experiencia de dependencia radical: alguien necesita de otros para sobrevivir y desarrollarse. Pero la respuesta a esa realidad no puede consistir en convertir a la mujer en una figura sacrificada ni en asumir que el cuidado es exclusivamente un asunto privado. Si la sociedad reconoce que la infancia, la educación y el acompañamiento son fundamentales, también debería preguntarse qué condiciones ofrece a quienes sostienen esas tareas. Esta cuestión adquiere todavía más importancia en un momento de profundos cambios culturales. La maternidad ya no se entiende necesariamente como un destino inevitable, sino como una decisión que muchas mujeres integran dentro de un proyecto de vida más amplio. Esa transformación ha permitido cuestionar injusticias y abrir espacios de libertad, pero también plantea una pregunta que no puede ignorarse: ¿Qué ocurre cuando la libertad se entiende únicamente como la posibilidad de no depender de nadie y de mantener abiertas todas las opciones? Desde la perspectiva planteada por muchos especialistas, quizá el desafío no sea elegir entre libertad y maternidad, sino revisar nuestra propia idea de libertad. Una libertad verdaderamente humana no debería exigirnos negar que necesitamos a los demás. Tampoco debería obligar a unas personas a asumir silenciosamente las necesidades de todos para que otros puedan desarrollar sus propios proyectos.
Por eso la corresponsabilidad va mucho más allá de repartir tareas domésticas. No consiste solamente en que alguien haga la compra, lave los platos o lleve a los niños al colegio. También significa compartir la responsabilidad de saber qué necesita la familia, anticiparse a los problemas y estar dispuesto a responder cuando algo ocurre. Cuidar no es únicamente ejecutar tareas; es prestar atención, acompañar y asumir que la vida del otro importa. Quiero para cerrar esta reflexión y hacer un homenaje a dos mujeres hermanas que cuidaron de mi mama sus últimos años de vida Jasmine y Jaqueline estas señoras de una comunidad Páez del Cauca cuidaron y de qué manera los últimos días de Nohemy, sacrificando su sueño, su familia, nunca dejaré de darle gracias a Dios por sus vidas, su entrega y compromiso para con el cuidado de nuestros seres queridos, a ellas y a todas las personas que se dedican a este noble oficio, mi admiración, respeto y reconocimiento por su ardua labor, Dios les recompense siempre.