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¿Realmente es democracia?

Una reflexión sobre el verdadero significado de la democracia, el papel de los ciudadanos y los desafíos que enfrenta la participación política en la sociedad actual.

Wendy Nagely Camacho Prada

En Colombia, Estado social de derecho pluriétnico y multicultural donde se ejerce la democracia, que según la RAE significa “sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes”, resulta una quimera pensar que se aplica libremente tal derecho constitucional. Democracia proviene del griego demos que significa pueblo y Kratos que representa poder o gobierno, lo cual simboliza el gobierno del pueblo.

Cabe discutir si, en realidad, es el pueblo quien elige a sus representantes, o son los representantes quienes mediante mecanismos de seducción hacen el pueblo, sin ser o nacer del pueblo y vivir sus necesidades. Quizá podría subrayarse la platónica Idea del Bien como derrotero en un sistema político, para enmascararla con el propósito de bien común, en búsqueda de jactarse a costa de la ignorancia de quien no sabe hacia dónde va, y menos, conoce y dialoga con sus raíces.

La democracia implica mucho más que votar y obtener un certificado de votación, o promover abiertamente la inclinación hacia uno u otro candidato con gratificaciones transitorias. Representa pensar y repensar el futuro de la sociedad en que vivimos, conectar con el dialecto de la comunidad, comprender sus necesidades y unirse a ella, para fortalecerla desde el reconocimiento del bienestar colectivo, no individual.

El emperador Calígula es fiel retrato de autocracia, su mandato exigió sumisión absoluta y tomaba decisiones siguiendo sus propios deseos. Fue tal su arrogancia que en acto de desprecio hacia las instituciones, decidió nombrar cónsul a su caballo de raza hispana llamado Incitatus —Impetuoso—. Quizás como pueblo hemos caído en sumisión ante los gobernantes.

Platón en su “doble normatividad”, plantea que en una buena constitución haya sabiduría y razón en los gobernantes, y, consentimiento en los gobernados que son guiados a través de la educación. Sin embargo, en distintos casos venden la educación como idea, cuando se tergiversa el verdadero cambio a posteriori, intoxicados con apetito voraz de poder, fama y trascendencia.

En un mundo de arrogancias y egocentrismos, la vanidad y el narcisismo en muchos líderes embota la esencia del tejido social. Ad portas del conocimiento decidimos desistir y cegarnos ante la autarquía de poder vacío de valores y principios sociales. El narcisismo patológico resulta inamovible, donde la codicia rompe el saco y la democracia mal entendida, también.

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