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RELIQUIAS DE SANTA MARGARITA

Hace veinte años llegaron a Bogotá las reliquias de Santa Margarita María de Alacoque, la religiosa que fue vidente del Sagrado Corazón de Jesús.

Patricia De La Cruz Ospina

Con ocasión de su visita se realizó una vigilia durante toda la noche en el Monasterio de la Visitación, comunidad a la que ella había pertenecido. Tuve el privilegio de asistir.

Hacía apenas quince meses había fallecido mi mamá y mi papá no lograba superar su ausencia.  Fue con él cuando comprendí verdaderamente qué significaba eso que tantas veces había escuchado llamar “pena moral.”  Había oído decir que algunas personas mueren de pena moral, pero, como nunca lo había vivido de cerca, no alcanzaba a comprender la profundidad de ese dolor.

Con el deseo de distraerlo, de ayudarlo a relajarse, a recuperar la alegría y a volver a encontrarle sabor a la vida, le propuse que viajara a visitar a mi hija Carolina, quien se había casado con un alemán y vivía en Stuttgart.

Así lo hizo.  Mis dos hermanas lo acompañaron. Al llegar al aeropuerto, se encontraron con las reliquias de Santa Margarita.  Permanecieron un rato junto a ellas y se encomendaron antes de emprender el viaje.

Yo, por mi parte, durante aquella vigilia, no hice otra cosa que orar por mi papá.  Me preocupaba profundamente su tristeza permanente.  Era terrible mirarlo a los ojos y encontrarlos siempre aguados por las lágrimas.  Parecía que el dolor no cedía, que el duelo se había convertido en una presencia constante en su vida.  Me preocupaba que pudiera estar cayendo en una depresión.

Toda la noche repetí una sola plegaria, una única petición:

“Santa Margarita, dale vida nueva a mi papi.  Por favor, dale vida nueva”.

Mi papá llegó a Roma y, estando en el Vaticano, quiso confesarse. Encontraron a un sacerdote español, muy querido, que accedió a confesarlo.

Cuando terminó, mi papá les dijo, con toda naturalidad:

-Ese padrecito era muy preguntón.  Me averiguó la vida desde que entré al colegio y de ahí en adelante, hasta el día de hoy.

¡Qué maravilla! Sin saberlo, aquel sacerdote le había hecho una confesión de vida.

Como penitencia le pidió que rezara un rosario ante el Santísimo.  Inmediatamente cumplieron la penitencia.  Se quedaron después a la Santa Misa y mi papá recibió la Sagrada Comunión.

Estaba preparado, había recibido los auxilios espirituales que necesitaba.

Al regresar a Alemania, sufrió un infarto.  Llegó con vida al servicio de urgencias, pero los médicos no lograron reanimarlo.  Allí, lejos de su tierra, entregó su alma al Señor.

No era, desde luego, lo que yo esperaba.

 Aquella noche, durante la vigilia, le pedía a Santa Margarita que le diera vida nueva a mi papi, yo pensaba en otra cosa: quería que volviera a sonreír, que dejara atrás su tristeza, que recuperara las ganas de vivir y pudiera disfrutar nuevamente de la vida.

Pero el Señor escuchó mi petición de una manera infinitamente más profunda de lo que podía imaginar. Tengo que reconocer que, en su infinita bondad y misericordia, Dios le dio a mi papá lo mejor, gracias a que Santa Margarita intercedió por él.

 Primero le concedió la gracia de una buena confesión y el perdón de sus pecados.  Después lo alimentó con la Santa Comunión.  Y, cuando estuvo perfectamente preparado, lo llamó a una nueva vida: la vida eterna.

Por eso tengo ahora una nueva petición.

Espero que Santa Margarita María de Alacoque, en honor al amor que nos tenemos y por su intercesión ante el Sagrado Corazón de Jesús, también interceda por mí cuando llegue el momento de mi partida.  Que me alcance toda la gracia necesaria para recibir al Señor con el corazón preparado, y que Él me conceda, cuando llegue mi hora, una muerte feliz, tranquila y en paz.

Porque quizá esa sea, al final, la verdadera vida nueva que todos estamos llamados a recibir.

Patricia De La Cruz Ospina

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