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Sólo fueron 90 segundos

Sólo fueron 90 segundos para perderlo todo; y quizá también necesitamos unos segundos para decir “te quiero”, abrazar, perdonar o ayudar.

Ricardo Pérez Guzmán

El imponente sol de un verano que no da tregua salió por el oriente, parecía  una mañana normal hasta que la tierra desde sus entrañas se estremeció, bastaron solamente 90 segundos para que cundiera el pánico, reinara la zozobra, mientras con el corazón en la mano pedíamos desde el centro de nuestra propia existencia que ese fuerte movimiento cesara y que la naturaleza calmara su furia; algunos despertaron en medio del remesón y simplemente se botaron a las calles a salvarse; otros, menos afortunados sucumbieron ante las pesadas estructuras; cundió la confusión y comenzaron los primeros reportes: un terremoto de 7,4 grados de magnitud sorprendió sin aviso previo; para algunos el todo se convirtió en nada, sueños convertidos en polvo, incertidumbre y desazón. La atmósfera era pesada pocos segundos después del sacudón. 

En minutos, las redes sociales se inundaron de infinidad de imágenes que evidenciaban la hecatombe que habían dejado esos 90 segundos de furia, 90 segundos eternos, que privaron a muchos de ver un nuevo día, a otros que los apresó entre varillas, ladrillo y concreto; como si los hubiese tomado por rehenes respirando polvo en medio de heridas graves y de un clamor intenso por ser rescatados. Solo 90 segundos fueron suficientes para cambiar el panorama y la rutina de las ciudades, para transformarles en escenarios de angustia y desesperación.

Durante mis 43 años de existencia no puedo decir que nunca había sentido movimientos de la tierra he sentido el rigor de la naturaleza; sería innegable reconocer el origen sísmico de nuestro país; uno de los momentos que recuerdo, se configura precisamente aquel caluroso 25 de enero de 1999, sobre la 1 de la tarde, cuando la tierra se estremeció con una intensidad de 6.2, era el terremoto del eje cafetero dejando seriamente afectados a los departamentos de Caldas, Risaralda, Quindío, algunas zonas de los departamentos del Tolima y Valle del Cauca.

27 años después la tierra retumbó durante 90 segundos, y lo hizo con tanta fuerza que días después, ya en medio del drama de los afectados y la calma de quienes no fueron víctimas de la calamidad, la reflexión que nos deja este evento es precisamente la fragilidad de la vida misma, hoy estamos; mañana, no sabemos por eso hay que amar con intensidad, no posponer o postergar ese abrazo, ese te quiero, esa visita o esa conversación, en una palabra vivir, y dar gracias a ese ser supremo, independientemente de su fe, por un día más de abrir los ojos y respirar. Hoy más que nunca estoy seguro que ese mandamiento de amarnos los unos a los otros, debe traducirse en en la ayuda, la cooperación y el apoyo para los directamente afectados que hoy necesitan sentirse respaldados, más allá de la raza, de un color político o de los prejuicios que la sociedad actual nos impone … la vida es tan efímera y no podemos comprarla por más riqueza que tengamos; y al ser tan pasajera, solo nos resta experimentar cada momento desde el respeto mutuo y la tolerancia.

Paz para quienes ya no se encuentran entre nosotros a raíz de este insuceso; y ánimo, fuerza y fe, para aquellos hermanos que deben recomenzar, no están solos.

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