Una historia que muestra cómo la fe, el compromiso y la oración pueden transformar comunidades y dejar un legado espiritual.
Patricia de la Cruz Ospina
Continuando con estas memorias de Jorge y Margarita, ambos dedicaron su vida a promover las capillas de adoración perpetua, sembrando en muchas comunidades el amor por la eucaristía y fomentando espacios de oración, encuentros de profunda fe a lo largo y ancho de Colombia. Esta fue la razón por la cual los conocí.
Me contaron que, mientras vivían en Estados Unidos, asistían diariamente a la santa misa en la misma parroquia. Allí coincidían con una señora cuyo nombre no conocían, sin embargo, ella un día, los invitó a participar en una reunión de oración que se realizaría en su apartamento. Aceptaron la invitación y al llegar descubrieron que la invitada especial era una mujer australiana, reconocida por sus dones y carismas del Espíritu Santo. Ella les anunció que regresarían al país de origen a propagar estas capillas.
En aquel momento, Jorge y Margarita se miraron y pensaron: “ese mensaje no es para nosotros”. Tenían todos sus negocios en Estados Unidos, estaban plenamente establecidos allí, con sus hijos y no pasaba por su mente la idea de regresar a Colombia. Además, en esa época el país atravesaba una difícil situación de orden público y el temor por los secuestros hacia la posibilidad de volver aún más lejana.
También les compartieron que la adoración eucarística era como un manto blanco con bordes dorados que Jesús extendía sobre la parroquia y sus fieles al ser adorado. De esta manera, cuando el Padre Celestial mirara la tierra, no contemplaría la inmundicia de nuestro pecado, sino ese manto precioso, lleno de luz y amor, que cubría a la humanidad. Así, movido por su infinita misericordia, derramaría su compasión sobre todos sus hijos.
Además, se les explico que la adoración traería gracias especiales para quienes se entregaran a esta misión, de manera particular para aquellos adoradores que asumieran las horas doradas: de noche tarde y en la madrugada, momentos de especial entrega y sacrificio en la presencia del Señor.
Recuerdo que cuando me hablaron del término perpetua, yo no entendí absolutamente nada, no alcancé a descifrar que implicaba o significaba aquello, con relación a la adoración eucarística. Tampoco me importó, ni pregunté, en eso no me detuve. Lo interesante para mí era Jesús Sacramentado y punto.
Más adelante me explicaron que la idea era que las capillas funcionaran con adoradores, inscritos en forma voluntaria, asumiendo el compromiso de asistir una hora semanal, durante las 24 horas de los 7 días de la semana, en cualquier momento de acuerdo a su preferencia.
Idea bien desafiante, Jorge y Margarita hablaban de que ellos en Santa María de los Ángeles tomaban en el amanecer del viernes si mal no recuerdo, de 1 a 3 de la mañana y contaban de otros amigos de ellos en horarios similares, curiosamente ninguno había expresado ganas de cambiar su horario.
¿Pregunté y cuando está lloviendo? Nos vamos en carro, con una buena chaqueta, impermeable, sombrilla y ya.
¿Y cuando están muy cansados y tienen mucho sueño? No importa, nos levantamos, se ofrece el sacrificio y el Señor bendice.
¿Y si están enfermos? Con anticipación buscamos un reemplazo o entre los demás adoradores tratamos de cambiar el turno.
En vista de que no había objeción que valiera, ya que tenían respuesta para todo, Nos llenamos de valor. Escucharlos a ellos contar este tipo de cosas, nos sirvió de motivación para que en Tunja también deseáramos tener nuestra capilla de adoración perpetua y la primera fue la de San Francisco.
Se hizo con el apoyo fuerte y decidido, del padre Luis Eduardo Montañez párroco y los amigos del rosario de los martes de mi casa. Entre todos pudimos, fuimos capaces, lo logramos y ha sido una fuente de paz, de sanación, de intimidad con el Señor impresionante. Es más, estas capillas se han multiplicado por toda la ciudad.
¿Usted ya tiene capilla dónde hacer su adoración o le toca empezar por animar a su párroco?