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Tu mayor enemigo eres tú

Aprende a vencer la lucha contra tus propios impulsos

La vida cristiana es una invitación a abandonar nuestras inclinaciones naturales y transformar nuestro carácter por medio del Espíritu Santo. Bajo esta premisa, el apóstol Pablo resume el sello distintivo de todo creyente al escribir:

“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.”» (Gálatas 5:22-23).

En este contexto, Pablo exhorta a los gálatas a regresar al evangelio que habían abandonado y a esforzarse por vivir en el Espíritu, en lugar de dar lugar a las obras de la carne (Gálatas 5:16). Para ello, primero enumera las obras que son producto del pecado que habita en nuestra carne (Gálatas 5:19-21), contra las cuales tanto los gálatas como nosotros debemos luchar.

Luego, menciona el fruto del Espíritu, en el cual debemos ejercitarnos. No es una tarea fácil, pues estos atributos no proceden naturalmente de nosotros, sino que son resultado de la obra del Espíritu Santo en el creyente. Sin embargo, el hombre no debe permanecer pasivo al respecto. Dios da tanto el querer como el hacer (Filipenses 2:13). Es Su obra, por medio del Espíritu Santo, la que lleva a la persona a desear el fruto y la que logra que persevere en el Espíritu, poniendo por obra los atributos mencionados en Gálatas 5:22-23.

Sé que es un misterio difícil de comprender, pero aquí convergen la soberanía de Dios y la responsabilidad humana. El hombre es responsable de esforzarse por dar fruto y permanecer en el Espíritu; a su vez, Dios es el soberano que capacita al hombre para querer y esforzarse por vivir de esa manera.

Teniendo esto en mente, el apóstol nos exhorta a apartarnos del mal camino, a no dar cabida a los deseos de la carne y a esforzarnos por vivir para la gloria de Dios en “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio” (Gálatas 5:22-23).

Ahora bien, si la constante en tu vida, mi estimado lector, son las obras de la carne —tales como “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes” (Gálatas 5:19-21)—, arrepiéntete delante de Dios y pídele que te ayude a vivir para su gloria. Porque, aunque es tu responsabilidad vivir para Él, no puedes hacerlo solo; necesitas la ayuda de su Santo Espíritu.

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