Una mirada sobre los límites entre el amor por las mascotas y el respeto por los espacios de culto.
Patricia de la Cruz Ospina
Empiezo por decir que amo a los perros y a los gatos. De hecho, cuando mi casa funcionaba a todo vapor, como digo al referirme a que mi esposo, mis dos hijas y mi nieta vivíamos juntos, siempre tuvimos mascotas.
El primero, un pinscher miniatura, Beto; después un rottweiler, el inolvidable Bruno; en otra época una pareja de labradores dorados, Max y Lala; más adelante acompañados por Luna, una schnauzer, es decir, tres al mismo tiempo. Posteriormente, Milka, una gata bella como ninguna.
Actualmente tengo dos gaticas, Michis Gris y Michis Mona. Son un mundo muy diferente al de los perros, pero igualmente hermosas.
A todos los he querido mucho, los he consentido y me han dado compañía, protección y mucha alegría. Mis animalitos siempre están en la casa, en el parque o en el carro cuando los llevamos a pasear, siempre a lugares en los que son bienvenidos y no incomodan a nadie.
Jamás, ni por la mente, se me ha cruzado la idea de llevarlos a que me acompañen en el trabajo, a ir al médico o al odontólogo, a un juzgado, a una funeraria, a un hospital, a restaurantes, y mucho menos a la iglesia. Tampoco entiendo por qué la gente lo hace. Si pueden ir sin perro a tantos lugares, ¿por qué si los llevan a misa?
Me pregunto, la gente que lleva sus animales a misa. ¿Cree que el perro debe cumplir con los mandamientos de la ley de Dios? ¿O se imaginan que el padre fue al seminario más de 6 años para poderles celebrar la Santa Misa a sus mascotas? ¿Piensan que al perro le hace mucho bien escuchar la homilía? En serio, ¿qué les pasa?
El grado de confusión, de ignorancia y de estupidez es tan grande, que hasta se han atrevido a cometer los peores sacrilegios, ante los ojos de todo el mundo, al recibir la comunión en la mano y compartirle al perro un pedazo. ¡QUÉ HORROR, un perro comulgando!!!
Ante el aumento de personas con tan brillantes ideas, en Tunja, se dio el caso en una misa dominical en la que se encontraron varios perros, se pelearon, hubo ladridos simultáneos, los dueños no podían controlar a sus mascotas y hubo mucho caos. Esto obligó al sacerdote a interrumpir la misa y a prohibir rotundamente la llevada de mascotas a la Iglesia.
A mi juicio, esto sucedió tarde, pero bueno, se hizo. Dios bendiga al sacerdote por hacer respetar la iglesia, la misa y al resto de feligreses. Se ha llegado a un grado de desacralización de lo sagrado tan terrible que quienes tenemos amor y respeto por Jesús Eucaristía nos sentimos gravemente ofendidos e irrespetados.
Los invito a que si en su parroquia está permitido de forma tácita o expresa llevar mascotas a la iglesia, hablen con su párroco para solicitarle el cambio de esta situación. Hablando con respeto, decencia y firmeza, podemos entre todos ayudar a evangelizar y a crear conciencia de que la Iglesia es un lugar demasiado sagrado.
El silencio complaciente con el irrespeto a Dios, al sacerdote y a los devotos nos hace cómplices. Debemos recordar que allí está Jesús Sacramentado, que se celebra la Eucaristía, es decir, la conmemoración de la última cena y que, por ende, es la oración más grande que se ofrece a Dios.
Jesús se hizo hombre por nosotros, sus hijos. Se quedó en la Eucaristía para alimentarnos a nosotros, hombres y mujeres. El señor desea que comamos el pan de vida eterna estando debidamente confesados, es decir, en gracia de Dios. Los animales son sus criaturas, creaciones preciosas, pero no fueron partícipes de la última cena y no lo deben ser ahora. Quien lleve a su mascota a la iglesia, por favor, recapacite: los perros son animales, no seres humanos.
Hay un lugar para cada cosa, animal y persona, y cada cosa, animal y persona en su lugar.