Una reflexión sobre el amor maternal, la fortaleza familiar y ese vínculo que permanece incluso en medio de las dificultades del mundo actual.
Wendy Camacho
Desde la antigüedad, la maternidad ha sido imaginada como un vínculo capaz de desafiar incluso la frontera entre la vida y la muerte. Un ejemplo de este vínculo ha sido antiguamente representado por las diosas griegas Deméter y Koré. Ellas traspasaron el límite que dividía el mundo de los vivos y de los muertos, aludiendo a la fuerte interconexión, superación de obstáculos y relación con el orden humano y el orden natural. De acuerdo con la antigüedad clásica, Deméter era la diosa de la cosecha y del amor maternal. Su fertilidad hacía posible la creación de vida por medio de la gestación, abarcando también la fecundidad de la tierra.
La etimología de su nombre es Méter, madre, y De, o Da, representa una deidad femenina que era invocada en fórmulas antiquísimas mediante el uso de esta sílaba. Koré, hija de Deméter, era vista como una alegoría de la semilla que se hunde y desaparece bajo la tierra, pero que aflora de nuevo cuando está madura y lista para brotar. Sin embargo, pasó a llamarse Perséfone, luego de haber consumido una semilla de granada en el mundo de los muertos donde fue secuestrada y violada por el dios Hades.
Después de la rebeldía y la actitud combativa de su madre para traerla de nuevo al mundo de los vivos, en el que los dioses inmersos en el patriarcado dominante no colaboraron en la recuperación de la joven, Perséfone accedió a un nivel superior de conocimiento, independencia y libertad de movimiento. Asimismo, Deméter mediante el respiro que le otorgó el fin del sufrimiento, la victoria por su protesta y huelga, así como su reivindicación, recibe con aceptación la nueva hija que tiene ante sus ojos.
Aquella historia impregnada de cuidados, determinación, valentía y profundo e irremplazable amor maternal, es semejante a la tradición natural que ha llevado consigo la sociedad en el decurso del tiempo. El vínculo potente e indisoluble entre madre e hijos, trasciende las palabras.
En la actualidad se enfrentan rupturas fuertes en las familias, aparte de la carencia de compromiso que abunda en distintos contextos del entorno. En diversos casos, es la madre quien vela de forma incansable por el bienestar de sus hijos, por la unión y permanencia del hogar. La madre es el lazo más fuerte que une los hilos de la familia donde teje día a día con amor y esmero la sociedad, en medio de un mundo que se resquebraja en poder, dinero y ambiciones excesivos.
Los hijos son aquellas semillas que los padres siembran en terreno fértil, la comunidad. Poco a poco, son alimentados con cuidados, afectos, enseñanzas, experiencias que les permiten forjar su personalidad y aportar al entorno y a su vida misma.
¿Qué sería del ser humano sin un guía que le instruya en los oficios de vivir?
Todos hemos sido engendrados y desarrollados de distintas formas, ya sea por nuestra ascendencia y progenie o por personas con quienes compartimos afinidad familiar o cercanía. Dialogar con la tradición en torno a estos casos es interesante y resulta impactante conocer de qué se nutre el ser humano para evolucionar.
Hay una frase que dice “la madre es la catequista del corazón”, porque educa en la fe a través de su testimonio de vida, promoviendo valores esenciales desde la niñez. El rol materno, simboliza fortaleza, ternura, amor incondicional, aunque al día de hoy, sea también el padre quien asuma las tareas de ambos, o viceversa. Unos padres comprometidos son el corazón del hogar y sus hijos son el latido. Imaginar la vida sin corazón es como deambular por el mundo de los muertos.