La sorprendente razón por la que Dios dejó al ser humano sin excusas.
Edward Andrés Díaz Reina
El apóstol Pablo, en su carta a los Gálatas, explica con claridad la relación entre la ley de Dios y la promesa del evangelio. Muchos han pensado que la ley fue dada como un camino de salvación, pero Pablo enseña que su propósito era revelar la verdadera condición del ser humano y conducirlo hacia Cristo. En ese contexto, escribe: “Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes” (Gálatas 3:22).
Cuando Pablo habla de “la Escritura”, se refiere a la ley de Dios; y cuando afirma que “lo encerró todo bajo pecado”, enseña que la ley expuso la realidad profunda del corazón humano, mostrando que todo lo que el hombre hace y desea es pecaminoso delante de Dios (Génesis 6:5). De este modo, la ley dejó al ser humano sin excusa delante del Creador y evidenció que ninguna obra humana puede producir justicia o salvación.
¿Por qué Dios hizo esto? Para que la promesa de salvación fuese recibida únicamente por la fe en Jesucristo. La ley no fue dada como un medio de salvación, sino como un espejo que revela el pecado, derriba toda confianza en las obras y dirige al pecador hacia la única esperanza verdadera: Cristo.
La enseñanza de Pablo nos muestra que la ley cumple un papel indispensable al exponer nuestra condición, pero su función no es salvar, sino llevarnos a reconocer nuestra necesidad de un Salvador. Así, la salvación no se basa en los méritos humanos. No te salvas por ser “buena persona” —porque no lo eres— ni por portarte bien o hacer buenas acciones. Te salvas únicamente por la gracia de Dios, recibida por medio de la fe en Jesús. Esto nos invita a abandonar toda confianza propia y a descansar completamente en la obra perfecta del Señor.
Edward Andrés Díaz Reina
Comunicador Social y periodista
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